domingo, 22 de abril de 2012

Viaje hacia la noche, Marco Antonio Flores (fragmento)




El amor y la muerte

¿Cómo entienden las mujeres el mundo? Nunca lo he sabido. Incluso ahora que recuerdo mi vida no lo­gro encontrar una señal que me dé certeza a esa interrogante. Sólo intuyo. Y mi intuición no me con­duce a ningún lugar. Ellas se mueven como en la sombra, construyen sus propios espacios cerrados a los cuales el hombre no alcanza penetrar. Un hom­bre y una mujer enfrentados en la unidad son dos des­conocidos. Cada uno traza su propio camino y estos quizá jamás se encuentran. Así que lo que uno busca en ellas es lo desconocido, lo extraño, el mis­terio; el que si alguna vez logra esclarecer va a alcan­zar el conocimiento y la sabiduría, nunca la felici­dad; porque el descubierto al verse desnudado se con­­vierte en enemigo del otro.
Aquella muchacha que había logrado desatar los nu­dos que me unían a la señora –como la tildaba mi madre–, era extraña, era un misterio, el misterio. Cuando la conocí navegaba con la careta de la felici­dad. Pero siempre supe, no sé por qué, que era una máscara, un gesto falso, impostado. La primera vez que la vi subía las escaleras del Conservatorio Nacio­nal de Música tomada de la mano de un amigo; más bien, de un compañero mío de la Facultad de Medi­cina. Ambos tenían alguna experiencia en el queha­cer teatral. Así que aquella noche llegaban para ini­ciar los estudios en la Escuela Nacional de Teatro. También yo estaba ahí para eso. Cuando los vi tren­zados de la mano intuí alguna falsedad en aquella forma de ligarse físicamente, pero que sólo era eso: la superficialidad de un gesto que explica la inca­pacidad de la unión interna, esencial, entre dos seres que navegan por la realidad con una bandera que los protege de sí mismos y de los demás. Mi com­pañero parecía más seguro de lo que sentía; ella tenía la mirada perdida, como si estuviera refugiada en una barca extraviada en medio del océano des­pués del naufragio de la nave en la que viajaban. Me la presentó y ella me tendió la mano pero no me miró. Era preciosa, menuda, indefensa exteriormen­te, pero se adivinaba en su interior una fuerza incon­trolable que me sorprendió y me asustó. Asumí la relación sin ninguna convicción. Y se mantuvo mu­cho tiempo así, de lejos, de muy lejos. Yo por enton­ces vivía con intensidad aquella relación con la mu­jer casada que me sacaba diez años de edad. No lograba fijarme ni en el rostro ni en los gestos ni en las angustias y frustraciones de otra mujer, fuera esta quien fuera.
Pasaron muchos meses y diariamente miraba sin mi­rar la misma imagen: una pareja que subía las es­caleras tomada de la mano, en la que uno de los dos man­tenía siempre esa actitud hierática e indiferente ante la solicitud, el enamoramiento, la deferencia y el obvio amor de su pareja. A instancias del mu­chacho, del novio, decidimos iniciar el montaje de una obra teatral fuera de los marcos de la Escuela. Pa­ra aquello organizamos el grupo y buscamos y en­contramos la obra adecuada para su montaje. Un grupo teatral que está preparando la puesta en esce­na de una obra se convierte en un crisol en el que todos sus componentes forman una mezcla que poco a poco se va convirtiendo en una masa consistente que se utiliza para construir una unidad expositiva. Para lograr esto, los miembros del grupo deben esta­blecer una corriente intensa entre todos ellos. Ella no alcanzaba a encajar. Siempre estaba en otra gala­xia. Aquello comenzó a atraerme, a inquietarme, hasta que un día desapareció, no llegó al ensayo. Luego de dos días de ausencia que nos estaban desa­justando la unidad y la continuidad del trabajo, su com­pañero nos confió la razón: aquella niña de dieciocho años había intentado suicidarse. La impre­sión del grupo fue tal que en ese instante se suspen­dió el montaje. Pero a mí aquello me descolocó. En mi experiencia no tenía un antecedente trágico de esa dimensión. Es más, incluso cuando a los veinte años yo había decidido, muy prematuramente, que cuando mi vida la considerara sin sentido yo termi­naría con ella, aquello me traumatizó. Por primera vez reparé en ella como ser humano, como mujer. Aquella noche tardé mucho en dormirme, pensaba re­currentemente en ella y en su intento de suicidio. ¿Qué podía haberla llevado a aquello? ¿Qué terrible ra­zón habría para que lo hubiera intentado? ¿Cómo, de qué forma lo había hecho?
Al día siguiente nos reunimos en la platea, frente al escenario donde ensayábamos para discutir sobre el futuro de nuestro trabajo. La obra de Dino Buzatti se cancelaba definitivamente, pero ¿qué haríamos de ahí en adelante? Mientras se hablaba de aquello yo seguía pensando en la muchacha suicida. Al final, cuando llegamos (o más bien, llegaron) a con­clu­siones, yo propuse que nos fuéramos a una can­tina cercana a bebernos un trago. Aceptaron. Mi plan estaba en camino.
Compartimos charlas sobre teatro y otras preocu­paciones comunes; en el momento menos esperado le pregunté a mi cuate de la Facultad y novio de aquella niña ¿cómo intentó suicidarse tu novia, y por qué? Él pegó un respingo y los demás se calla­ron, asombrados. Pensé que nunca me iba a respon­der. Luego de un corto pero intenso silencio comen­zó su relato: “No es la primera vez. Hace alrededor de un año y medio su padre abandonó la casa por otra mujer. Dejó a la familia, su mujer y cinco hijos ca­si en la indigencia; no volvió a ocuparse de ellos, ni del pago del colegio, ni la alimentación ni la ropa: na­da. Tuvieron que rentar la casa donde vivían y, en los últimos cuartos del fondo, hacinarse, constru­yendo una cancel de madera para separar las vivien­das. Yo tuve que hacerme cargo de muchos de los gastos porque ella ya era mi novia. Fue entonces que se decidió nuestro casamiento. (Aquella noticia me conturbó todavía más). Una noche recibí un lla­mado de la madre, quien angustiada me avisó que su hija estaba en el hospital, que había intentado ma­tarse ingiriendo una gran cantidad de pastillas para dormir: que la habían llevado de emergencia al hospital en donde le habían hecho un lavado y que ahora estaba en terapia intensiva porque no se sa­bía aún si sobreviviría. Desde entonces vivo en un hilo. Desde que me levanto hasta que me acuesto vi­vo pendiente de ella. Se me ha convertido en una ob­sesión. Intento darle todo lo que soy y todo lo que tengo. Pensé que con mi entrega ella lograría superar la carencia y el abandono de su padre. Cons­truí un segundo piso para colocarle un hermoso dor­mitorio y que dejara el hacinamiento con sus her­manos. Entre ellos se ha despertado un odio mu­tuo intenso y destructor. Ahora ya no sé qué pensar. Anoche volvió a intentarlo ingiriendo somníferos en gran cantidad y un cuarto de aguardiente. La salva­ron de milagro.”
Cuando terminó su relato aquel hombre de vein­ticuatro años, un año mayor que yo, estaba llorando. Yo no lograba develar lo que sentía. Estaba fuera de mí. Era otro enfrentado a mí. No quería sentir lo que sen­tía. No quería descubrir mi miseria humana. Pero muy en el fondo de mí sabía que sentía una atracción en­fermiza por aquella tragedia cargada de muerte y por su víctima.
Pasaron algunas semanas y una tarde, minutos an­tes de que dieran inicio los cursos en la escuela de teatro, vi aparecer a aquella pareja subiendo las es­caleras tomados de la mano. Sentí que la cólera me subía por el esófago y se me alojaba en la gargan­ta. Fue algo inesperado, jamás me había importado. Sentí envidia y, finalmente, el cuerpo se me aflojó y me recosté en la pared con la espalda flácci­da. Hasta a mí llegaron ambos. No los quería cerca pero me rodearon, como acosándome. Miré los ojos de ella y me asusté. Comprendí que él le había con­tado acerca de mis preguntas en la cantina y me sentí atra­pado. Sus ojos, que jamás levantaba para mirar a nadie estaban fijos en mí. Algo se me desprendió den­tro y supe que estaba atrapado. Comprendí que no podría escaparme y el cuerpo se me lle­nó de alegría y de energía, fijé mis ojos en los su­yos y acepté lo que me ofrecía.
Durante varios días deambulé dentro de mí in­tentando explicarme lo que me había pasado. Me sen­tía traidor. Traidor a todo y a todos. Pero no podía desprenderme de su mirada. Llegaba a la es­cuela y me sentaba hasta atrás, para no mirarla. Pasa­ba las tardes haciendo el amor furiosamente con la señora (como le llamaba mi mamá), pero al llegar y mirarla me olvidaba instantáneamente de todo. Has­ta que me cansé de mí mismo y de mis extraños procederes; me cansé y comencé a planificar la for­ma de llegar a ella sin que mi amigo lo sospechara, y menos se enterara de ello.
No hubo necesidad. Una mañana, como a las sie­te y media, cuando acababa de llegar de deambu­lar toda la noche por cafés y cantinas tratando de recordar y de olvidar sus ojos, tocaron a la puerta. Abrió mi madre, subió las gradas y tocó la puerta de mi recámara. Adormilado pregunté que quería tan temprano. Te buscan. Quién. Una mucha­chita. Enfa­tizó la palabra y en su tono se adivinaba una alegría extraña. Me levanté y me vestí; salí, me la­vé la cara en el baño que quedaba al lado de mi ha­bitación y bajé las escaleras. Al pie estaba mi ma­dre. Dónde está y quién es. Es una niña preciosa y está en la sala. Cuando me asomé la encontré sen­tada en el sillón. Sentí un golpe en el estómago y una erección inicial que me obligó a sentarme. Nos fui­mos caminando despacio hacia el instituto donde es­tudiaba. Durante todo el camino no hablamos. En la tarde, a la hora de salida del estudio, llegué por ella. Mi mente estaba en blanco. Durante todo el día intenté pensar en lo que haría pero siempre termina­ba pensando en la señora, en mi amigo, en mi capa­cidad de traición y miseria. Caminamos de nuevo en si­lencio. Pasamos enfrente de mi casa. Ella vivía a unas cinco o seis cuadras. Llegamos al Cerro del Car­men y no seguimos hacia donde ella habitaba. Su­bimos la colina y nos sentamos en una banca anti­gua de piedra que estaba debajo de una tupida enra­mada. Juntos, adheridos, amalgamados, sin mover­nos. Subí el brazo y le rodeé el cuello. La besé.


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