Compartir

lunes, 25 de noviembre de 2013

“Somos los jóvenes rebeldes. Guatemala Insurgente”, de Pablo Monsanto, por Ricardo Sáenz de Tejada.*



Buenas noches.

Quiero en primer lugar agradecer a Pablo Monsanto la invitación para participar en la presentación de su libro “Somos los jóvenes rebeldes. Guatemala insurgente” y ratificar como se lo dije cuando me lo propuso que para mí es un honor tanto por la importancia que la obra tiene para la comprensión de la historia reciente de Guatemala como por la posibilidad de compartir la mesa con Patricio Rivas, chileno y autor, entre otros, de un libro memorable Chile, un largo septiembre; Raul Figueroa Sarti, amigo y editor y por supuesto Pablo Monsanto.



Monsanto es, como la mayoría de los que nos acompañan esta noche sabe, uno de los líderes políticos de la izquierda revolucionaria con una trayectoria de participación y acción que abarca cinco décadas. Medio siglo comprometido y dedicado a un proyecto político dirigido a terminar con las insoportables desigualdades que afectan a nuestra sociedad. Este período histórico es sin duda uno de los más complejos y dramáticos en la historia de Guatemala, en el que la voluntad de un porcentaje importante de la población por liberarse de la opresión y construir una sociedad más justa se enfrentó a la respuesta brutal del ejército, a la oposición de las clases dominantes y al mismo gobierno estadounidense. La lucha guerrillera fue parte central de este proceso y Pablo Monsanto uno de sus protagonistas que, de militante de la Juventud Patriótica del Trabajo, la juventud comunista, pasó a convertirse en combatiente guerrillero y desde esa posición pasó en el terreno, por todos los grados militares de la insurgencia hasta ascender a comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Rebeldes y en la década de 1980 a integrar la comandancia general de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca URNG.

Se trata como dije antes de una prolongada trayectoria política en uno de los períodos más complejos de la historia de nuestro país, una trayectoria que –como la de los grandes líderes políticos– está definida por aciertos y errores, por momentos luminosos y por períodos oscuros, por victorias y también de derrotas. Desde esa óptica, no puede negarse que la figura de Pablo Monsanto es polémica. Como se refirió a él Luis Cardoza y Aragón en su libro Miguel Angel Asturias casi novela, “el legendario Pablo Monsanto” no ha pasado desapercibido y ha sido sujeto de críticas desde la derecha y también desde la izquierda.

En el campo de la derecha se construyó su imagen como el representante de la línea dura de la insurgencia guatemalteca y durante las negociaciones de paz se le presentó como el militarista, intransigente y radical. Desde la izquierda, Pablo ha recibido críticas y cuestionamientos en distintos momentos y por distintos motivos, sin embargo, en todos los casos tiende a reconocerse su compromiso con la revolución guatemalteca.

No es este el momento para discutir la imagen que se ha construido de Monsanto, y creo que el libro que se presenta esta noche ayudará a esclarecer esto, pero, pienso que buena parte de esa crítica –alguna justa y mucha derivada de la contienda política con la derecha y dentro de la izquierda– refleja algunas de las características de Pablo, la coherencia de su compromiso político y la firmeza para enfrentar lo que el llama la lucha política e ideológica.

Sobre el primer aspecto, desde principios de la década de 1960 Pablo tomó una opción política radical, que en esos años y en las siguientes décadas significó también el riesgo de su vida, y que ha mantenido hasta la fecha. Muchos de los líderes insurgentes que terminaron la guerra optaron, por razones legítimas, por retirarse a la vida privada, otros optaron por servir a las clases dominantes, algunos incluso, se han prestado a negar los actos de genocidio realizados por el Estado en contra del Pueblo Maya. Pablo por el contrario, se ha mantenido en la posición política escogida, la izquierda revolucionaria y adscrito al proyecto socialista. No es extraño que en uno de los primeros números de la revista ContraPoder Pablo haya sido presentado como el “último comandante”. Podemos tener diferencias de criterio y críticas a su acción en el campo político partidario, pero no puede negarse la continuidad y consistencia de su participación política.

El segundo aspecto tiene que ver con la firmeza y la fuerza para enfrentar la lucha política. En esto, la experiencia de la Sierra de las Minas es determinante, pues se trata de un dirigente militar y político forjado en el fragor del combate con el ejército de Guatemala que estuvo apoyado por los servicios de inteligencia y el ejército de los Estados Unidos. Y en este enfrentamiento militar, cualquier vacilación podía ser mortal.

Esta experiencia militar muy temprana de Pablo estuvo también vinculada a las diferencias en el interior de las mismas fuerzas revolucionarias y, como se muestra en el libro, las decisiones políticas tuvieron consecuencias en el campo militar. Y los conflictos entre el PGT, las FAR y el MR13 tuvieron impacto en el desenlace de este período. La forma de encarar la lucha política fue también forjada en este período en el que los errores y las indecisiones ponían en riesgo la vida de los insurgentes.

La trayectoria de Monsanto como señalé, abarca cinco décadas, y el libro Somos los jóvenes rebeldes trata el período inicial en la trayectoria y la vida política de Pablo que coincide con el inicio de la lucha armada en Guatemala. Como ya lo ha anunciado, tiene planificado escribir dos libros más.

Este primer libro se desarrolla entre 1960 y 1968 y los hechos analizados tuvieron consecuencias en el devenir de la historia política del país y definieron la conducta de los actores en contienda: el ejército, las clases dominantes, el gobierno de Estados Unidos, las clases populares y los grupos guerrilleros. Lo ocurrido en la Sierra de las Minas fue un antecedente de lo que ocurriría en Guatemala en la década de los ochenta y también fue una escuela de contrainsurgencia que se aplicaría en otros países de América Latina y en el sureste asiático.

¿Qué es lo que aporta el libro de Monsanto para entender este período?
A diferencia de la década de 1980, donde existe una cantidad importante de material bibliográfico de diverso tipo sobre la guerra en Guatemala, sobre la década de 1960 es relativamente poco lo que se ha publicado.

Durante mucho tiempo, la versión prevaleciente sobre este período, ya que era prácticamente el único documento de circulación amplia, fue el artículo escrito por Ricardo Ramírez y Regis Debray titulado “Las pruebas de fuego” que fue incluido en el segundo tomo de La crítica de las armas de Debray, publicado en 1975 por la editorial Siglo XXI de México. Antes de este, la editorial Tricontinental publicó la biografía de Turcios Lima elaborada por Ramírez con el seudónimo de Orlando Fernández. Este tuvo menos divulgación.

Obviamente, la distribución latinoamericana y el prestigio entre la izquierda mundial que en ese entonces tenía Debray convirtió a “Las pruebas de fuego” en un libro de referencia. Este no fue en sentido estricto un texto académico ni testimonial, era un documento de carácter político que, a partir de una interpretación de la experiencia guerrillera de los años sesenta, buscaba justificar la ruptura de un contingente de insurgentes con el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) y las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) para de esa forma legitimar nacional e internacionalmente el surgimiento de la Nueva Organización Revolucionaria de Combate (NORC). (Esta afirmación no es portadora de ningún juicio, como historiadores, al realizar el ejercicio de interrogar las fuentes se busca entender el sentido y el objetivo con el que fue elaborado determinado documento).

El apartado a Guatemala de la crítica de las armas está directamente relacionado con la experiencia insurgente en la Sierra de las Minas; sin embargo, algunas afirmaciones e interpretaciones no coinciden con los hechos relatados en el libro. Me parece que el libro de Pablo no sólo complementa y obviamente cuestiona algunas de las afirmaciones de “Las pruebas de fuego”, sino que sobre todo, desmitifica algunos asuntos de este período, como el papel del Frente Edgar Ibarra –Pablo permanece en éste hasta el final– y establece en su justa dimensión el papel de los jefes guerrilleros, incluyendo el del comandante de las FAR Luis Augusto Turcios Lima. Asimismo, da cuenta de la distancia entre quienes desde fuera del país pretendían conducir la guerra, y la realidad que se vivía en las zonas de combate. Ilustrativo de esta situación me parece el relato sobre el posicionamiento del PGT y de las FAR en relación con la candidatura de Méndez Montenegro y las contradicciones que generó y las consecuencias que tuvo el apoyo a esta candidatura.

En los setenta, en el ámbito de la clandestinidad y por lo tanto con relativa poca circulación se publicaron varios análisis de la experiencia de los sesenta. Desde el PGT, una parte de los Apuntes para la historia del Partido de Huberto Alvarado y, desde las FAR, entre otros los Fundamentos Teóricos de las FAR.

No fue sino hasta después de la firma de la paz cuando se publicaron varios testimonios sobre la insurgencia de los años sesenta. Dentro de estos se destaca La guerrilla fue mi camino de César Montes publicado en 1997; Los años de la resistencia: episodios sobre las guerrillas urbanas de los años 60 de Miguel Angel Sandoval de 1998; Ese obstinado sobrevivir de Aura Marina Arriola y La guerra de los 36 años vista con ojos de mujer de izquierda” de Chiqui Ramírez publicado en 2001. Los tres textos mencionados fueron elaborados por personas que militaron en las FAR durante este período. Mientras los tres últimos hacen énfasis en la experiencia urbana, el primero, de César Montes presenta un panorama de la trayectoria de su autor que va desde su participación en las FAR hasta su participación en las tropas especiales sandinistas pasando por su papel en la fundación del Ejército Guerrillero de los pobres y su incorporación a la lucha del pueblo salvadoreño.

A diferencia de otros “textos canónicos” de la historia reciente en los que la figura de César Montes es subestimada o simplemente borrada, en el libro de Pablo, César es un protagonista de primera línea. Y su papel como dirigente es objeto de reconocimiento y crítica.

Para terminar este recorrido historiográfico, el año pasado en el segundo tomo de la Historia Reciente de FLACSO Guatemala se publicó el artículo titulado “El primer ciclo de la insurgencia revolucionaria en Guatemala (1954-1972)” de Carlos Figueroa Ibarrra, Guillermo Paz Cárcamo y Arturo Taracena Arriola. Este capítulo en buena medida se alimentó de dos textos importantes que permanecen inéditos: “Orígenes y primera etapa del conflicto armado interno en Guatemala 1954-1971” de Taracena elaborado para la Comisión para el Esclarecimiento Histórico en 1998, y la tesis de doctorado de Figueroa Ibarra “Violencia y revolución en Guatemala, 1954-1972”. Estos textos como el capítulo mencionado se fundamentan en documentos internos del Partido, las FAR y el MR 13, en entrevistas con varios de los protagonistas de estos hechos y en una amplia bibliografía.

En Somos los jóvenes rebeldes. Guatemala insurgente, encontramos mucho más que el relato testimonial de un joven comunista que fue de los primeros guerrilleros en entrar a la Sierra de las Minas y participó personalmente en la implantación, el desarrollo, el crecimiento y la derrota de dicho frente. Se trata de un relato analítico que no se basa solamente en la memoria de su autor, sino que recurrió a hemerografía, a entrevistas –tanto con insurgentes como con sobrevivientes de las bases de apoyo en Zacapa– y que con esto logró construir una historia detallada, honesta y crítica de esta primera experiencia guerrillera.

A diferencia de otros libros o testimonios de jefes guerrilleros en los que tienden a resaltarse las virtudes y los triunfos, en el libro de Pablo encontramos la vida cotidiana de estos insurgentes sesentistas, que pasaban meses caminando por la sierra acondicionando depósitos de armas y alimentos, que soportaban las inclemencias del clima, que, como todos los seres humanos tenía virtudes y defectos y que, en su momento, tuvieron que enfrentar, con pocos recursos una ofensiva militar que llevó al cerco y a casi el exterminio de este grupo de combatientes.

En el texto de Pablo, existe una casi obsesión por recuperar los nombres y las historias de esas decenas de insurgentes que sacrificaron sus vidas en la Sierra de las Minas. Me parece que a través de esto Monsanto busca y logra que esos nombres y esas vidas no se olviden y ocupen su lugar en la historia.

En este libro, Monsanto no se presenta como el héroe o como el protagonista principal, en muchos pasajes está ausente y se hace referencia a Pablo o Manzana, el guerrillero casi adolescente que comete errores, que soporta prolongadas sanciones, que sobrevive combates y que se equivoca y reconoce los errores de los jefes insurgentes. Un guerrillero que también sufre por la muerte de sus compañeros y que ve crecer y ser destruidas las bases sociales de la guerrilla.

El libro que esta noche comentamos contribuye a desmitificar a la guerrilla de los sesenta, reconociendo y explicando los errores, los fracasos y las derrotas del período. Y, como su nombre lo indica, nos dibuja el cuadro de una generación de jóvenes rebeldes, decididos a hacer en Guatemala una revolución, a enfrentar a un ejército poderoso y brutal y a batirse con el imperialismo. Muchos de sus jefes y combatientes no pasaban de los 25 años pero estaban decididos, como lo señala el lema de las FAR, a Vencer o a Morir, por Guatemala, la Revolución y el Socialismo.

       Y, en medio de las adversidades, de un cerco militar, de represalias brutales contra la población civil, de traiciones y cambios de bando, de torturas, asesinatos y secuestros, la decisión de estos insurgentes de no capitular y de resurgir una y otra vez de las cenizas para continuar la lucha por transformar este país. El libro de Pablo Monsanto es eso y mucho más y por eso, vale la pena leerlo, debatirlo, cuestionarlo y utilizarlo para entender la historia reciente de nuestro país.

Muchas gracias


(*) Palabras en la presentación del libro el 13 de noviembre de 2013.

viernes, 26 de julio de 2013

La primavera del libro en Guatemala, por Carlos López, Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias

(Discurso pronunciado por el autor en la inauguración de la X Feria Internacional del Libro en Guatemala)

Carlos López Barrios, Premio Nacional de Literatura "Miguel Ángel Asturias", al momento de leer su discurso en la inauguación de la X Feria Internacional del Libro en Guatemala.


La palabra feria en su origen alude a días festivos, así que su sonoridad despierta en quien la oye una invitación a la fiesta y al gozo. Cuando la feria se une al libro, el convite se intensifica. Esta posibilidad de encuentro entre el libro y sus lectores no es nueva; empezó en Europa en el siglo xv, cuando se establecieron muchos negocios de impresores y libreros y se incrementaron los lectores y la necesidad de adquirir conocimiento a través de los libros. La idea de encontrar cultura e intercambio de saberes ya no se detuvo nunca y las ferias se extendieron a varios continentes. Viejas ferias como las de Frankfurt y Leipzig resguardan una fuerza y tenacidad admirables y han dado enseñanzas a muchas de las ferias que se construyeron después.

Las ferias tienen un elemento opuesto a las bibliotecas, el comercio; esto les da un cariz muy diferente en su visión respecto al libro. En varias ferias el libro no tiene en alta escala la importancia de ser un objeto que rebasa la materialidad. El libro se ofrece en un mercado más próximo en donde el buscador entra en una fiesta atractiva pero confusa. En las ferias hay un despliegue tal de opciones que el lector tiene que ser muy astuto para no gastar sus a veces exiguos recursos económicos en las primeras ofertas. La biblioteca es orden y la feria es caos. En las ferias hay una sugerencia de paseo y en el recorrido los libros lanzan anzuelos que el lector acepta o resiste, según sus intereses. La feria tiene características favorables y desfavorables. Su diversidad es tentadora, pero selvática y agobiante; los ojos se sacian muy rápido de portadas y contraportadas y de interminables títulos. Esto para algunos puede parecer un paraíso que se ofrece como un banquete infinito, pero el trabajo para el lector es mucho, encontrar el libro que busca a un buen precio puede ser una odisea. La ventaja es que las ferias, en su condición de fiesta, pueden atraer nuevos lectores. Muchos jóvenes se acercan llenos de curiosidad a ese mundo todavía no explorado del todo. Las ferias estimulan otros aspectos no tan comunes en el encuentro con los libros: el diálogo con escritores, la charla con otros lectores, el conocimiento de editoriales independientes, el feliz azar de hallar inesperados libros, la oportunidad de escuchar recitales poéticos o conferencias. Muchas ferias dedican sus emisiones a un país o tema específicos y esto acerca literaturas desconocidas y las comparte a lectores interesados. 

En esta décima Feria Internacional del Libro de Guatemala se rinde homenaje a la mujer. Llama la atención que no sea a la escritora, sino a la mujer en general, lo que honra a quienes decidieron que así fuera. En este sentido, quiero llamar la atención sobre algunos de los problemas graves que todavía enfrentan las mujeres guatemaltecas y que son un agravio para el país: el femicidio, el irrespeto a los derechos laborales de las que con suerte encuentran trabajo en la economía formal, las condiciones infrahumanas de las jornaleras del campo, la escasa legislación para las trabajadoras domésticas, el acceso restringido o prohibido a los servicios de salud para ellas. Muchas mujeres fueron mutiladas, asesinadas o perseguidas por los regímenes genocidas que padeció Guatemala desde la colonia hasta tiempos recientes. La dictadura no toleró la lucha libertaria de estas mártires. ¿Cuántas escritoras anónimas fueron truncadas en su vocación por anteponer la defensa de la patria a su alto oficio? ¿Cuántas no pueden desarrollar el dictado de su espíritu por no tener las condiciones materiales mínimas que les permitan su desarrollo intelectual? En estos días, muchas mujeres y sus familias fueron desalojadas de su lugar de origen para facilitar la invasión de empresas mineras que no se contentan con saquear las entrañas de la tierra en sus países y andan haciendo enclaves en naciones cuyos gobiernos dóciles a los dictados imperiales les sirven la soberanía nacional a la carta. En todos los frentes, se nota la presencia de las mujeres, que reivindican su derecho a un futuro mejor. En la cultura, en las letras, las artes plásticas, la música, la danza, contra viento y marea, contra el pensamiento conservador, machista, excluyente, paternalista ellas están presentes, creando, manteniendo la hacienda familiar, preservando la tradición, soñando, logrando el equilibrio del mundo. En días recientes, Guatemala vivió un episodio inolvidable con sus valientes mujeres ixiles que se enfrentaron a los poderes fácticos y a los que de manera formal ostenta el estado guatemalteco: dieron su testimonio y acusaron a sus asesinos. En un hecho inédito, una valiente y calificada juez, a la cabeza de un tribunal, sentenció a 80 años de prisión a José Efraín Ríos Montt, por delitos contra la humanidad y genocidio. Un tribunal incompetente compuesto sólo por hombres se encargó de absolver al genocida y con ello dio al traste con el prestigio internacional que Guatemala se ganó con la condena legal aunque injusta contra Ríos Montt. No sólo eso, la afrenta contra el sentido común y las trampas legaloides que se inventaron los magistrados hacen retroceder la civilización al tiempo de las cavernas.

Pero volvamos al asunto de los libros y la feria. Quizás el principal defecto de la industria editorial es la imposición de la novedad. Las editoriales están obligadas a mostrar sus publicaciones recientes; con esa premisa, hay una competencia desaforada. Muchas ferias alientan el comercio fácil, la sobreproducción de libros, el ensalzamiento de autores de mediana calidad, el culto a la personalidad más que al trabajo literario. Desde 1935, José Ortega y Gasset consideró que había muchos libros: «Hay ya demasiados libros. Aun reduciendo sobremanera el número de temas a que cada hombre dedica su atención, la cantidad de libros que necesita ingerir es tan enorme que rebosa los límites de su tiempo y de su capacidad de asimilación. La mera orientación en la bibliografía de un asunto representa hoy para cada autor un esfuerzo considerable que gasta en pura pérdida. Pero una vez hecho este esfuerzo se encuentra con que no puede leer todo lo que debería leer. Esto lo lleva a leer de prisa, a leer mal y, además, lo deja con una impresión de impotencia y fracaso; a la postre, de escepticismo hacia su propia obra».

Es importante resaltar los objetivos del libro y el principal es que encuentre a su lector y el arte, que la reflexión y el gozo se despierten. Las ferias, los editores deben tamizar su mercado y elevar la calidad de lo que ofrecen. Parece que uno de los enemigos más insidiosos en estos días son los libros de autoayuda y los best sellers que están en todas partes, al frente de libros mucho más significativos y trabajados. Hemos olvidado que los libros exploran la experiencia de la vida sin obviedades y sin lecciones visibles, sin moralina. Margarite Duras lo expresó así en Escribir: «Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros “encantadores”, sin pozo alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor». Si bien es necesario el libro como mercancía, porque eso genera recursos para los autores y los editores, un libro debe conservar su condición de refugio que alberga entre sus páginas imaginación, inteligencia, sueños, misterio, metáfora, elaboración de la experiencia. Hoy en día, como escribió Ortega y Gasset, «no sólo hay demasiados libros, sino que constantemente se producen en abundancia torrencial. Muchos de ellos son inútiles o estúpidos, constituyendo su presencia y conservación un lastre más para la humanidad, que va de sobra encorvada bajo sus otras cargas».

Estamos en tiempos en que la publicación de libros rebasa a los lectores; mucha gente siente una especial importancia por publicar un libro, así sea un manual de términos elementales. Publicar un libro da prestigio en los ámbitos académicos y sociales y envuelve al autor en una suerte de aura, pero hace mucha falta reflexión y crítica respecto a los muchos libros y a los muchos autores. El exceso de libros va en detrimento de la lectura, que de por sí ya está lastimada. Las personas en las ciudades tienen poco tiempo para entregarse a la lectura atenta, sobre todo por la gran cantidad de distractores que reclaman su atención. La atención en nuestros días está atrofiada por los gadgets y los sistemas de entretenimiento. Habituados a lo inmediato, a la velocidad de los mensajes cibernéticos, queda poca energía para bajar el ritmo y emprender una lectura activa que nos enfrente a la exigencia de comprender y reflexionar. Hace casi 80 años, Ortega y Gasset escribió: «La comodidad de poder recibir con poco o con ningún esfuerzo innumerables ideas almacenadas en los libros y periódicos, va acostumbrando ya al hombre medio a no pensar por su cuenta y a no repensar lo que lee, única manera de hacerlo verdaderamente suyo». El vértigo de la lucha por la sobrevivencia muchas veces determina los gustos lectores. Si a esto sumamos los bajos ingresos que perciben los trabajadores, que de por sí tienen limitado su derecho a la lectura, para poder adquirir un libro el panorama se vuelve aún más sombrío.

Sin embargo, hay esperanza. José Vasconcelos decía: «Sin exposiciones, sin ferias de libros, sin inquietudes intelectuales, sin vivencia espiritual una capital no puede llamarse culta». Y es verdad. Las ferias siguen siendo fiestas de la palabra y cada vez se celebran más ferias en pueblos o pequeñas ciudades. La idea de acercar los libros a posibles lectores sigue siendo una labor que no debe perderse. Aparte de las ferias institucionales, ahora hay muchas ferias independientes en donde los libreros se unen para ofrecer sus publicaciones. Hay algo que no puede medirse y está bien que así sea, no sabemos si entre esa selva de pronto alguien halla su libro y lo hace suyo y transforma su vida. Por ese encuentro que seguramente sucede, vale la pena intentar que se dé el encuentro y que perviva la pasión por la lectura.

lunes, 22 de julio de 2013

Reseña de: Edelberto Torres Rivas, Revoluciones sin cambios revolucionarios, por Viviane Brachet-Márquez



En Revoluciones sin cambios revolucionarios, Edelberto Torres Rivas nos habla, en un conjunto articulado de ensayos (cómo él lo expresa,  p.1) de sus reflexiones sobre la trayectoria histórica de Guatemala, El Salvador y Nicaragua, los tres países de América Central en los que las luchas revolucionarias estuvieron cerca  de transformar radicalmente la distribución de los recursos entre las elites y las masas, y las reglas del ejercicio del poder político. El autor construye y ahíla conceptos que son claves en cualquier análisis de la formación histórica de la relación entre Estado y sociedad en América Latina, utilizando a los países de referencia como casos con sus especificidades propias, a  la vez que dejando espacios para que el lector entrevea otras aplicaciones en la América Latina de la post- independencia y post-revolución.

Aquel procedimiento ensayista es viejo como el mundo, pero no todo el mundo lo utiliza con la destreza y la elegancia intelectual de Edelberto Torres Rivas en este libro. A esto se agrega la libertad total que se toma para crear categorías analíticas felizmente iconoclastas, dejando a un lado las muy desgastadas dicotomías del marxismo o de la teoría de la modernización, y permitiendo que miremos con lentes inhabituales la realidad histórica de América Central (AC) y más allá. 

El primer golpe a los viejos conceptos es dado cuando al término de oligarca se apende la noción aparentemente contradictoria de ‘burgués’, significando que la oligarquía no es una condición fija sino que evoluciona históricamente. En AC, escribe el autor, “una fracción [de la oligarquía] hunde sus raíces en la explotación de la mano de obra, y otra se traduce en el control sobre el capital, vinculándose con el mundo financiero de manera más “moderna” (p. 49). Esta plasticidad explicaría la longevidad excesiva de la oligarquía que, no pudo superarse hasta la segunda mitad del siglo XX.[1] Pero en AC, la burguesía finquera no desempeñó muy hábilmente su papel histórico: es cosechadora del café, dejando que la burguesía industrial (mayoritariamente de origen extranjero) se lleve la mayor parte de la plusvalía. Tampoco ha sabido hacerse dueña de la producción bananera que dejó a la United Fruit, ni administrar los ferrocarriles y los puertos. Sin embargo, esa oligarquía tiene poder porque controla a la población y al Estado (pp. 47-49). En esta vena, vale la pena citar en el texto:

La hacienda no es sólo mucha tierra. Fue el resultado nuclear de la nación emergente, y el fundamento del poder de la clase dominante, el horizonte cultural para el mozo colono, ...; fuente y límite para la identidad campesina/indígena, cárcel y sitio de castigo y también lugar de las fiestas religiosas tradicionales; destino vitalicio por las ataduras serviles hereditarias y expresión del imaginario bucólico para cierta literatura costumbrista (p. 51).

El poder oligárquico tiene una temporalidad distinta para distintos países. Para CA, escribe Torres Rivas, “el sistema oligárquico liberal perdura porque la modernización parcial del sistema agrario exportador y la diversificación industrial no son contradictorios... con las relaciones de dominio político” (p. 68). Dicha oligarquía se fue desdibujando paulatinamente frente al surgimiento de nuevos centros de poder económico,  pero logró conservar su estilo propio de dominación política (p. 51).

¿Qué implicaron estos cambios para las formas de poder que se ejercieron en AC? Lejos de encaminar CA hacia la democracia, ellos “reforzaron el control autoritario, la actividad de las instituciones represivas, el predominio de la institución militar” (p. 79), produciendo, además el discurso anticomunista que “ideologizó las diferencias políticas” (p. 79). Los síntomas del cambio del sistema fueron la “pérdida de la unanimidad del orden oligárquico (p. 80) y el surgimiento de las luchas por la democracia y por la tierra por parte de los sectores medios. Este cambio fue percibido por el orden oligárquico como una amenaza que éste enfrentó con el terrorismo de Estado que a su vez estimuló la respuesta guerrillera (p. 80).

El libro plantea también la vieja pregunta que la teoría de la modernización no supo contestar: ¿por qué la modernidad, en CA, no trajo la democracia y un reparto menos inequitativo de los recursos? En AC, escribe el autor, el tándem oligarquía-militarismo jamás fue superado, siendo las demandas de mayor democracia y mayor justicia social percibidas como una amenaza mortal, y luego subversiva, que había que destruir por todos los medios, principalmente el terrorismo estatal, tolerado e implícitamente aprobado por los Estados Unidos como estrategia para ganar la guerra fría.

En el capítulo III, Torres Rivas dialoga con Marx cuando define al “pueblo” como “un colectivo que expresa, en condiciones históricamente especiales, una manera de articular intereses sociales diversos, pero no contradictorios “ (p. 180, cursivas en el texto) que incluye a los sectores medios o pequeña burguesía. Ese actor es capaz de enfrentarse a la minoría dominante en momentos de unanimidad. Ergo, la oligarquía no se enfrenta al “campesino”, sino al “populacho” (sic), mientras que algunos sectores de las clases subalternas pueden aliarse con la oligarquía (p. 181).

En el mismo capítulo, el libro plantea dos preguntas fundamentales para los estudiosos de los procesos revolucionarios: “Por qué tanta y tan prolongada violencia del Estado contra una parte importante de la población civil, ajena al entrevero de la política? [y] ¿Cómo explicar la extraordinaria capacidad de martirio, especialmente entre jóvenes, suplicio reiterado y múltiple, muchas veces evitable y en ocasiones, sin sentido?” (p. 213) Para buscar la respuesta, el autor ofrece cinco claves, explicitando cada una de ellas: 1) los orígenes históricos como herencia del presente; 2) el Estado y sus rasgos terroristas: 4) el terror rojo (que también existió); y 5) los estímulos guerreros del exterior.

La tesis presentada en el capítulo IV, hoy ampliamente compartida, es que “los movimientos revolucionarios no sólo son una respuesta a duras situaciones de explotación económica sino también a formas excesivas de subordinación política en contextos no modernos, y a cambios sorpresivos en ambos terrenos” (p. 254) En otras palabras, la opresión política no necesariamente confluye con la económica, y la dinámica de las revoluciones  se sitúa en la relación entre Estado y sociedad en contextos tanto no democráticos como no modernos (p. 255).

Un punto importante que nos recuerda el autor es que para considerarse revolucionario, un movimiento debe buscar destruir el poder estatal y sustituirlo por otro con una relación radicalmente distinta con la sociedad. De ahí que lograrlo sea un resultado excepcional. El punto central del capítulo, sin embargo, es afirmar que la fuerza del Estado democrático no estriba en lograr consensuar a sus ciudadanos, sino procesar el disenso entre ellos en el sentido de resolverlo legal y pacíficamente (p. 261). En la medida, entonces, en que el Estado utiliza medios ilegales e ilegítimos para mantenerse en el poder, no muestra fuerza sino debilidad, y provoca actos ilegales por parte de los inconformes. En esto, Torres Rivas se acerca a los autores que han definido al poder del Estado no como poder de coerción sino capacidad de mantener un orden social y político sin tener que recurrir al uso de la violencia, salvo en circunstancias excepcionales.

El último capítulo es un recuento resumido de cómo y por qué el proceso revolucionario fue victorioso en Nicaragua, pero fracasó en El Salvador y Guatemala, mismo que se articula sobre las reflexiones que lo preceden. Mientras los capítulos anteriores aportaban elementos muy ricos para el estudio de la relación entre Estado y sociedad en cualquier país de América Latina (es decir, en contextos donde la modernidad se juntó con la desigualdad tanto política como económica), este último capítulo ofrece una aplicación más fina que sólo se refiere a CA e interesará prioritariamente a los estudiosos de esta región.

En conclusión, este libro es lectura obligatoria para los lectores interesados en poner orden en el viejo desván de conceptos como oligarquía, clase, masas y explotación, y en expresar  situaciones históricas reales y vividas con conceptos frescos y sugerentes.  


[1] Nota del reseñador: CA no es la única región que no superó la oligarquía. en Colombia y en el Perú, por ejemplo, tampoco se superó plenamente la fase oligárquica, hasta 1968 para el Perú, y hasta hoy para Colombia.

sábado, 7 de julio de 2012

Viaje hacia la noche, por Eduardo Villalobos


Viaje hacia la noche,  por Eduardo Villalobos [1]



Asistimos hoy a la presentación de una nueva novela de Marco Antonio Flores, acontecimiento singular puesto qué, el autor, había dejado entrever en diversas entrevistas que ya no publicaría más. Asistimos entonces con la gratitud de un niño que se encuentra una moneda en el bolsillo y espera lograr con ella un acto postergado, algo no previsto pero inesperadamente feliz. Pero, ¿cuál es el sentido de esta novela? ¿Cómo se integra al universo narrativo que el autor ha elaborado a lo largo de las décadas? ¿Qué está llamada a decirnos a nosotros, sus lectores, en un tiempo en que la literatura se aferra todavía a su trinchera frente a las fauces del mercado y la superficialidad?
Hace poco, leyendo un artículo de Pedro Juan Gutiérrez, ese interesante narrador cubano que es comparado hasta la saciedad, y muy a su pesar, con Charles Bukowski, y que retrata el mundo degradado y miserable, pero también luminoso, del centro de La Habana en sus poemas, novelas y cuentos, me topé con una frase bastante común pero en la que no había reflexionado, pienso, lo suficiente: se dice que un escritor escribe un solo libro a lo largo de su vida.
Por supuesto que hablamos acá de un escritor que intenta desentrañar el mundo que lo rodea, su propia historia, sus propios sueños, y no escribir divertimentos pensando en el mercado, en el dinero o en los premios literarios. Ya Proust construyó una enorme empresa narrativa alrededor de la recuperación de un tiempo irremisiblemente perdido,. ya Balzac intentó abarcar los ámbitos privados y públicos de los hombres de su siglo. Ya Faulkner creó un condado llamado Yoknapatawpha donde se sucedieron la muerte, el incesto, la crueldad, la profunda e irresoluble incomunicación humana. Ya Onetti fundó a través de Brausen Santa María v sus habitantes tristes y sus empresas imposibles. Ya Lawrence Durrell persiguió las dimensiones del tiempo en su Cuarteto de Alejandría. Parece ser cierto entonces que hay obsesiones que persiguen a los creadores, los determinan, dan cuerpo a la obra que construyen entre la pesadilla y el sueño.
El trabajo literario de Marco Antonio Flores parece participar de esta constante. Ya desde sus primeros poemas 'se advierten las permanentes preguntas que se hace y nos hace desde todas sus obras. Ya se adivina el espejo, angustiado y lúcido, que nos mostrará siempre con cierta impudicia. Ya está el lenguaje violento y cínico con que atropella sus máscaras y las nuestras, un lenguaje que también, de pronto, se torna tierno, pleno de imágenes, conciso y pulcro como un cuadro minimalista.
Pero, esto no quiere decir que Flores se repita. Por el contrario, es evidente la fortuna con que ha encontrado diversas estructuras para expresarse a lo largo de sus libros. No es lo mismo el desenfado lingüístico y la aventura experimental de Los compañeros, su novela emblemática publicada en 1976, que la mesura y la ironía casi picaresca con que introduce a los personajes de Los muchachos de antes, en 1996. No es igual la voz coral y exteriorista de Crónica de los años de fuego,, el libro de poemas publicado en México en 1993, que la voz casi narrativa, autobiográfica e íntima de Persistencia de la memoria, aparecido en Guatemala en 1992.
La linealidad aristotélica de En el filo, novela publicada en 1993, se contrapone a la fragmentación del relato en Las batallas perdidas, de 1999. La poesía social, amplia y plena de contraposiciones lingüísticas de Muros de luz, de 1968, o la estructura abierta de La derrota, aparecido en España en 1972, se complementan con la introspección casi frugal de La estación del crepúsculo, de 2002.
Viaje hacia la noche es una novela que rompe con todas las estructuras anteriores e incluso con todos sus lenguajes. Aquí encontramos una voz reposada, bastante racional, que establece un monólogo que reflexiona sobre los actos del personaje principal y de aquellos que lo rodean. Un hombre que ha vivido intensamente sus decisiones, sus dudas, sus sueños, sus odios y sus derrotas. Y hace un balance que no es complaciente, que no resuelve nada, que no intenta generar respuestas sino plantearse, desde la vejez, otras preguntas que los avatares de los años no permitieron en su momento.
La voz de Viaje hacia la noche proviene de la lucidez y la contemplación. Parece por momentos un hermoso ensayo acerca del sentido del mundo, que cuestiona las instituciones sociales y aborda sin falsos sentimentalismos la intensidad del amor. En otros momentos se asemeja a un libro de memorias, en que el escritor repasa los hechos que marcaron su existencia, los desintegra con palabras y nos invita a recordar nuestros propios pasos, aquellos hechos que también nos han marcado. Pero fundamentalmente, la voz qué nos habla construye una novela y en ella conviven otras voces. Así, sin previo aviso, Flores inserta en el relato otros puntos de vista: el de la abuela, el de la tía, el del padre que es asesinado llegando a su casa, el de los otros tíos que caen abatidos por su propia violencia, el del muchacho que, borracho y cansado en un exilio mexicano, compra un periódico para enterarse con amargura de la invasión soviética a Checoslovaquia.
Esta novela, talvez por el tono nostálgico con que está construida, despierta en el lector una intensa propensión a recobrar también su tiempo, los instantes felices o dolorosos de la infancia, los pasos que han acontecido para encontrar el amor, los sueños perdidos en cualquier esquina, las noches herrumbrosas plenas de humo y alcohol. Esta novela incita a pensar en los que fuimos y ya no somos frente al espejo, a hurgar debajo de la máscara, a pensar en los viajes y en los proyectos que alguna vez alimentaron nuestros sueños.
Edificada en cuatro estancias, la primera, que lleva por título La sagrada familia, es una geografía de la formación o, dicho de otra manera, una vuelta al origen, una indagación no solo de la infancia sino de los fundadores de la estructura social en que nació el personaje de la novela y que determina su conciencia y su neurosis. A partir de reminiscencias y de reflexiones, la voz que nos cuenta la historia también arremete contra la ideología, que da origen y poder a la familia, a la iglesia, a la escuela, al prestigio social. Pero también es un relato sobre el descubrimiento del placer. Un placer que es erigido como misterio, como concelebración del cuerpo, como refugio frente a la hipocresía y el peso del mundo.
El personaje empieza a encontrar su camino, su signo; que será la rebelión, en contraposición con una de sus tías, objeto de sus primeros deseos, que con el tiempo absorberá la tradición secular que la conforma y se convertirá en una mujer ambiciosa, implacable y calculadora. Es también el tiempo del encuentro con otra pasión intensa y arrolladora: el odio, encarnado en un padre ausente, egoísta y contradictorio. Así también, entre el odio y el placer, surge la conciencia de una realidad insoslayable: la certeza de la muerte.
Todo esto se nos presenta a partir de una estructura fragmentada, plena de un lenguaje instrospectivo y de frases contundentes, reveladoras: El pasado está ligado a uno por la nostalgia. Quien no tiene nostalgia no redescubre su pasado.
La segunda parte, titulada Las palabras de la tribu, comienza con una hermosa reflexión que acaso revela el sentido pleno de la novela: El pasado es una perspectiva que se difumina en un horizonte inexistente. De pronto se borra. Entonces se comienza a inventar. Nace la historia. Los hombres de carne y hueso que se han convertido en polvo se convierten en personajes de una leyenda. Son seres que surgen de la imaginación. Ya no son los mismos, los originales, sino un calco. Los seres que uno amó van perdiendo su rostro y se tornan en una sombra que uno reinventa cada día para forjarse un pasado y no perderse en el limbo de su propio existir, que día con día también desparece. Uno se mira al espejo y ya no es el de ayer, el de hace unos meses; menos el de hace unos años. Es otro. Otro que descubre que lo importante va no es lo que desapareció con uno, sino lo que se vive día a día en el presente. Esto es lo que se tiene, lo que se posee; lo demás, el futuro y el pasado, no existen.
Y sin embargo, nos dice Flores, el presente nos sirve para forjar el futuro, que puede ser colectivo, solidario, más humano. De ahí nace un relato acerca de las decisiones de un muchacho que lo llevan a insertarse en la lucha revolucionaria. Pero el relato no es heroico. No se idealiza ni el proceso, ni a sus protagonistas ni las decisiones-tomadas. Por el contrario, lo que se va' revelando en el camino es una lucha por el poder, profundamente encarnizada, a veces hipócrita y violenta.
Pero, de manera paralela a esta inserción y a estos descubrimientos, el personaje encuentra también un camino que lo lleva a las palabras. Se convierte en un poeta, en alguien que es capaz de nombrar las cosas que están sucediendo, el mundo que lo está envolviendo, las preguntas que se suceden sin tregua en su imaginación y en su realidad. Ha encarnado un oficio que no cesará, una pasión extraña v lúcida que le enciende los ojos en medio de una noche profunda. Es un solitario, pero lleva en él un lenguaje que incendia el mundo.
De otros incendios nos habla la tercera parte, La luz en el espejo. Estructurada a partir de breves capítulos que corresponden a tiempos diversos del tiempo de la novela, que es también el tiempo de la vida del personaje, cada uno nos cuenta un acercamiento al amor, desde una iniciación torpe, plena de asombro y de miedo, pasando por diversos ensayos, fracasos y desencuentros, hasta la reposada intensidad de una relación más madura que intenta la libertad en medio del desierto. Nadie sabe lo que es el amor, nos dice Flores, pero también nos recuerda que es en el amor donde encontramos un sentido que nos libera, aunque sea de manera momentánea, de la muerte.
El ciclo lo cierra la estancia titulada El guardián del enigma. Hay aquí una espléndida metáfora sobre el viaje y sobre el tiempo. Mientras se encuentra en una tierra extraña, el personaje escucha un tren pasar y piensa entonces en los trenes que lo han llevado a los destinos de su vida. El tiempo, los tiempos, de la existencia, se convierten en uno solo a través del viaje. Nos lo cuenta un poeta que tiene la capacidad de despertar en nosotros las sensaciones perdidas en la memoria.
En un periplo que se vuelve vital pero también bastante literario, con referencias al Ulises de Joyce, a la obra de Jackson Pollock o a la geografía de los cafés y de los paisajes interiores, el personaje conduce sus pasos a un final inesperado, aunque anticipado ya en el título de la novela.
Así se cierra esta obra de una literatura que no puede calificarse sino como mayor. Relato de los tiempos del tiempo. Espejo que combate por un reflejo arrebatador y oscuro. Universo de palabras que nombran la historia más íntima y se convierten en incandescencias, en labios aterrados, en preguntas abiertas, en epifanías.
Marco Antonio Flores ha cerrado un ciclo literario que nos iluminará más allá de nuestras propias noches. ¿Qué podemos obtener de él, podrían preguntar las mentes prácticas de un tiempo como el nuestro? Y podríamos decir que muy poco que sea tangible, que ninguna certeza, que en medio de tantas palabras tan bien dispuestas lo único posible es un espejó terrible que nos enseña el horror de nuestro propio y despiadado cuerpo. Un viaje hacia la noche. Pero también una mirada que descansa en la verdad y en lo inefable.
Entonces llega la paz, no la de tanto imbécil de buena voluntad que habita nuestro tiempo entre el consumo y las filosofías baratas, sino la del que aprende en medio de un bosque nocturno a guiarse por las luciérnagas. Porque, como nos dice Nikos Kazantzakis en uno de los epígrafes de este libro: No creo en nada. No espero nada. Soy libre.
Gracias por mostrarnos la libertad, Marco Antonio Flores.


[1] . Eduardo Villalobos. (Guatemala, 1974). Ha publicado poesía, atentos), artículos de opinión) crítica en periódicos y revistas. Licenciado en comunicación por la USAC, posee una maestría en edición. Actualmente trabaja como editor: Autor de los libios de poesía. El ojo en la vela y Lunas sucias. Este artículo fue publicado en la revista La Ermita.