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sábado, 26 de noviembre de 2011

Edelberto Torres-Rivas, un sociólogo de casta, por Edgar Gutiérrez




Comentarios en la presentación de “Revoluciones sin cambios revolucionarios”
Auditorio “Luis Cardoza y Aragón”. Embajada de México en Guatemala
24 noviembre de 2011


Creí que, al igual que las revoluciones políticas, las interpretaciones globales sobre las marcha de las sociedades habían llegado a su fin. Creí que teníamos que seguir conformándonos con visiones tecnocráticas, segmentadas por la clasificación artificial de las disciplinas y otras veces urgidas por las miradas superficialmente generalizadoras y las prioridades temáticas de las políticas de cooperación.

Edelberto Torres-Rivas ha desmentido mi creencia. No la de las revoluciones políticas, sí la de las interpretaciones integradas.  Por eso me parece que el primer mérito de este enorme esfuerzo intelectual, que constituye su libro “Revoluciones sin cambios revolucionarios”, es su lealtad a la sociología clásica, a las escuelas de diferente orientación que cultivaron con sorprendentes resultados desde el Siglo XIX ese escrutador abordaje integral de los procesos sociales. De ahí que publicar esta obra de alcance totalizador en este momento es la mejor noticia en las ciencias sociales de Centroamérica en mucho tiempo.

El segundo mérito que aprecio en su trabajo es el arte del método. Fiel a su formación académica, Edelberto renueva conceptos y hace aplicaciones precisas. En verdad realiza una “revolución” teórica-metodológica en la escuela marxista latinoamericana. Son esas aplicaciones conceptuales originales que le hacen a uno rememorar aportes teóricos perdurables como el de Mariátegui en sus “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”.

Con exacto equilibrio socio antropológico introduce en el análisis histórico el peso del racismo en las relaciones sociales, económicas y políticas aumentando el poder explicativo del modelo de dominio oligárquico. Hay otras incursiones que apenas quedan insinuadas con notable pertinencia, como la aplicación del enfoque psicosocial en la violencia política.

Es relevante, además, la explicación sociológica del actor político “pueblo”, su conformación abigarrada, las fuentes disímiles de su base material y su coincidencia en el reclamo callejero, en las protestas en contra de un régimen injusto. Ese “pueblo”, esas masas en rebelión, podrían ser reconocidas por su furia y energía en los actuales movimientos de los “indignados” en Europa y los Estados Unidos, aunque no en Centroamérica, aún.

La propuesta de abordaje de las “clases medias” rompe un viejo esquema marxista. Las clases medias como clase a medias, o mejor dicho, como una clase esquizofrénica a veces, bifurcada siempre entre dominantes y dominados, y, sin embargo, tan estratégica por la libertad de conciencia que adquiere por su aprecio a la educación, un capital que “arrancan” al capital, antes, mediante la redistribución fiscal del Estado, ahora como premio “competitivo” del mercado. Como sea, resultan ser los cuadros medios eficaces del sistema, sea como burócratas, técnicos, educadores e intelectuales, pero también, por lo mismo, quienes dinamizan, revolucionan y equilibran la relación con las clases subalternas.

Y quiero decir, por otro lado, que me han sorprendido muy favorablemente dos capítulos que para mí eran inéditos en el análisis sistemático y diacrónico en el que Edelberto me educó desde mis primeros años en la Universidad, en 1980. La síntesis y capacidad explicativa que él logra sobre el fenómeno de la violencia en Centroamérica, no lo había yo encontrado hasta ahora. Por mis antecedentes en el REMHI sigo recorriendo buena parte de la literatura sobre el fenómeno y puedo asegurar que aquí, en este libro, se encuentra un aporte teórico original y sustantivo. Es la semilla para el desarrollo de una escuela de análisis sobre violencia política en Centroamérica.

El otro capítulo que despertó mi asombro es el que analiza las estrategias militares de los revolucionarios y los ejércitos oficiales durante las guerras civiles. Encuentro ahí también una mirada globalizadora fresca y crítica desde una postura impersonal; aunque percibí una cierta incomodidad. Aquella de quien revisa hechos relativamente recientes en periodos en que el propio autor formaba parte deliberante de un debate no sólo académico sino también muy político y cuya postura fue controversial para los revolucionarios.

Y es que, dadas esas circunstancias, el análisis de la guerra no se remite sólo a cálculos fríos. Significó, sobre todo, el sacrificio de personas con quiénes compartimos el escritorio en la escuela, el noviazgo a hurtadillas y los irreductibles sueños de la adolescencia. Nuestros hermanos, los fantasmas entrañables que ocupan la silla de al lado en este auditorio. Por supuesto que el científico no escapa a la emoción y al dolor, aunque eso, al final, no empañe el razonamiento ni las conclusiones.

Ahora permítanme referirme muy brevemente a la organización, contenidos e ideas centrales que Edelberto nos propone en “Revoluciones sin cambios revolucionarios”.

Para empezar el título me despierta contrariedad. A mi entender no puede haber “Revoluciones sin cambios revolucionarios”, a menos que hayan sido intentos de revoluciones o proyectos revolucionarios francamente fallidos, regresivos, hasta el punto de una caída en el agujero oscurantista. Sabemos el costo humano y moral que ha tenido el desarrollo –o quizá es más justo calificarlo como el sostén del subdesarrollo como ventaja rentista- en nuestros países, y lo que representó esa pretensión de los dirigentes revolucionarios de “asaltar el cielo”, y la brutalidad infame con la cual ésta fue respondida.

Pero quizá, como diría Weber, hay buenas intenciones que resultan en graves tragedias y  pretensiones malévolas que inusitadamente acaban siendo obras progresistas.  Los revolucionarios fracasaron, pero contribuyeron a desatar dinámicas que no estaban previstas de manera explícita. La emergencia de una intelectualidad y de una pequeña burguesía comercial indígena sin precedentes en 200 años, no estuvo en el cálculo de nadie hace medio siglo. Desde el punto de vista estrictamente político, puede ser que 25 años de democracia condensen una pequeña revolución en Centroamérica, tras dos siglos de autoritarismo y dictaduras. Nuestra historia la hemos medido así: los 30 años del régimen unipersonal de fulano, la dictadura de los 20 años de zutano o los 14 años de régimen de terror de mengano.

Los primeros capítulos del libro, “Las raíces coloniales del poder oligárquico” y “Modernización sin democratización: revolución o revuelta”, a mi parecer, alcanzan grados de excelencia y enorme lucidez. Si a finales de este Siglo se quiere explicar con profundidad y arte la historia centroamericana, un compilador juicioso deberá negociar con los herederos de Edelberto y con F&G Editores los derechos de autor de este libro. Esos capítulos son pasajes indispensables en la antología latinoamericana.

El capítulo que encuentro cual tono ligeramente agudo en un pentagrama de excelencia, es el número 5, que se titula “Las cosechas de la revolución”. Como acostumbro iniciar los libros por el índice, me hice la expectativa de que ahí iba a encontrar una suerte de gran conclusión, las claves o lecciones por aprender de este azaroso periodo. La misma impresión tuve con el epílogo, “El adiós, una nueva época para Centroamérica”.

Esos capítulos del libro bajan la impecable narración analítica a un resumen más bien descriptivo (muy bien relatado, claro está) de la historia de los países y las negociaciones de paz. Por tanto, dejan la obra abierta y a Edelberto con la tarea de una segunda edición que nos comparta sus conclusiones. Entiendo que es temprano para realizar balances y osar proyecciones de futuro. En eso los analistas casi siempre nos equivocamos.

Por último debo confesar que desde que empecé la lectura por el Prefacio, identifiqué una idea central: “La revolución en Centroamérica era necesaria con la misma fuerza por la cual era inviable.” Busqué en cada página la sustentación de la tesis, pero no la encontré. Ciertamente hay observaciones sobre estrategias limitadas, pérdida del sentido global del proyecto, unilateralidad en los enfoques, déficit de conocimiento de la sociedad, fallas de percepción del clima social y desprecio por las alianzas. Si entiendo que el tipo de revolución propuesto –sus reivindicaciones, alianzas y vías- era inviable, estoy de acuerdo, se hizo inviable, no como destino manifiesto. Pero la revolución entendida como aceleración de la evolución social, para que la gente sea más feliz en libertad y con bienestar, es decir, respeto y dignidad, independiente de las formas que adquiera, sigue siendo necesaria, con la misma fuerza con la cual deberíamos de hacerla viable.

Empecé diciendo: creí que el ciclo de 200 años de revoluciones políticas (1789-1989) había terminado, igual que pensé que las grandes interpretaciones de la sociedad ya no existían. Edelberto, el sociólogo más importante que ha tenido Centroamérica, me desmiente sobre esto último. Ahora solo espero que la realidad borre mi incredulidad sobre la capacidad de los hombres y mujeres contemporáneas de revolucionar la sociedad aprendiendo las lecciones de la historia, con esa misma mirada honesta y luminosa que Edelberto generosamente nos comparte.

Como digo, un sociólogo de casta me desmiente. Espero políticos de casta para disfrutar un segundo desmentido.

martes, 22 de noviembre de 2011

Las buenas costumbres, por Fran­cis­co An­chey­ta (Siglo.21)



Tengo la maldita costumbre de que cada vez que un libro de cuentos cae en mis manos comienzo a leerlos sin seguir el orden establecido por el autor, o quizás el editor, quienes siempre tienen la mala costumbre de incursionar en la imaginación de quien escribe los libros.
Eso me pasó con Buenas costumbres, un pequeño libro de relatos cortos escrito por Denise Phé-Funchal (F&G Editores), que recién ha visto la luz del día, o quizá de las farolas citadinas de esta población cada vez más oscura, donde hay muchos que tienen la mala costumbre de asesinar y de robar a quien se les pone enfrente.
Dejando de lado la permanente costumbre de dar un rodeo para entrar de lleno en el fondo de las cosas que uno quiere explicar, debo decir que el librito me sorprendió. Se trata de unos textos que a veces tienen matices surrealistas, y que hacen juego con la realidad a la que nos vemos sometidos todos los días en este país lleno de
contradicciones.
Todo indica que, en el fondo, lo que se representa en estos cuentos es una respuesta irónica a nuestra sociedad, en la que el sarcasmo es la mejor respuesta ante tanta exigencia hipócrita.
Son 18 narraciones que pasan por la manera en que algunas personas doblegan las voluntades infantiles para tener el sustento diario, o de la imposición cotidiana de la madre hacia su hija sobre cómo debe comportarse para tener éxito en la vida. En el primer caso, en el relato Rueda se expone con singular maestría cómo una madre (¿desnaturalizada?) entra en componendas con la dueña de una silla de ruedas para obligar a un pequeño a pedir
limosnas.
En Buenas costumbres se refiere a cómo la madre recomienda a su hija cierto comportamiento para casarse con un hombre exitoso que le debía poner sirvienta, casa propia, un hijo, un perro y una vajilla. Ni lo uno, ni lo otro; en su necesidad de profesional graduada la hija mejor se decide por hacer una fila de hombres, hasta que tiene que esperar durante nueve meses el resultado de sus aventuras.
Y, no faltaba más, el cierre de la obra es con el relato Costumbre II, en el cual la autora (se supone) alude a su propio epitafio, sin dejar de utilizar la ironía que caracteriza al contenido de este libro sin fin, el cual puede ser leído una y otra vez hasta encontrar la esencia de su prédica y protesta.

Fran­cis­co An­chey­ta



Tomado de Siglo.21, martes 22 de noviembre de 2012, página 11. <http://www.s21.com.gt/opinion/2011/11/22/malas-costumbres>

viernes, 18 de noviembre de 2011

Revoluciones sin cambios revolucionarios. Ensayos sobre la crisis en Centroamérica



Revoluciones sin cambios revolucionarios
Edelberto Torres-Rivas
F&G Editores

"La revolución en Centroamérica era necesaria con la misma fuerza poda cual era inviable", plantea Edelberto Torres-Rivas al explicar algunos de los motivos que le impidieron a la región llevar a cabo una revolución, pese a los intentos vistosa lo largo de la historia que buscaban reducir la injusticia social.

La obra es un conjunto de ensayos enfocados principalmente en los acontecimientos ocurridos durante las décadas de 1970 y 1980, cuando se produjeron movimientos en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, que buscaban cambiar el sistema establecido.

La articulación de los textos empieza con un análisis acerca del papel que han jugado las élites favorecidas desde tiempos de la colonia y cómo ese rol se ha perpetuado con el transcurrir del tiempo. En esta parte, el autor argumenta que el carácter tradicional de los grupos oligárquicos no implica que sean estáticos, sino que se han convertido en un estilo de preeminencia social y control político.

La revisión avanza por los procesos de modernización, alejados de la realización de un objetivo democrático; los movimientos ideológicos que caracterizaron los intentos de revolución, y la forma en que el Estado enfrentó los movimientos insurgentes. Así como los resultados que dejaron las revoluciones de tres países, cada una con características diferentes. "Una crónica de lo sucedido en esta región atormentada y dolorosa, llena de rebeldías y fracasos", resume el autor. I AP I DCA

(Tomado de La Revista. Diario de Centro América. Estantería. Guatemala, viernes 18 de noviembre de 2011, página 14: http://dca.gob.gt:85/diariopdf/20111118_LaRevista167.pdf)

martes, 8 de noviembre de 2011

Contenido de "Revoluciones sin cambios revolucionarios".


PREFACIO

INTRODUCCIÓN
1. ¿Sociología o historia? / 2. Sobre la revolución / 3. La teoría estadocéntrica de las revoluciones

CAPÍTULO I. LAS RAÍCES COLONIALES DEL PODER OLIGÁRQUICO
1. La oligarquía, clase, elite / 2. La oligarquía: ¿tiene primero una muerte política? / 3. El Estado liberal ¿nacional y democrático?

CAPÍTULO II. MODERNIZACIÓN SIN DEMOCRATIZACIÓN: REVOLUCIÓN O REVUELTA
Introducción / 1. La sociedad de posguerra: los primeros dolores del cambio / 2. La modernización económica al servicio de las crisis / 3. Notas sobre algunos cambios en la estratifi cación social / 4. El Estado desarrollista, expresión de la crisis

CAPÍTULO III. EL ACTOR POPULAR, LOS OTROS, SUS IDEOLOGÍAS, LA VIOLENCIA
Introducción / 1. ¿Revoluciones urbanas en sociedades rurales? / 2. Notas sobre el pueblo como actor / 3. Notas sobre el papel de la Iglesia / 4. Ideologías, creencias, ideales / 5. Claves sobre la violencia política / 6. La crisis centroamericana y Estados Unidos

CAPÍTULO IV. EL ESTADO QUE ENFRENTÓ LA INSURGENCIA
1. La variabilidad del poder estatal: débil y fuerte – democrático y autoritario / 2. Poder y protesta: las situaciones revolucionarias / 3. La guerra civil y la lucha de clases / 4. La guerrilla dilatada no es “guerra prolongada” / 5. La revolución como guerra / 6. Los componentes de la estrategia militar / 7. El Estado que enfrentó las luchas revolucionarias / 8. Dos regímenes y un solo modelo contrainsurgente

CAPÍTULO V. LAS COSECHAS DE LA REVOLUCIÓN
1. Nicaragua: La dictadura contra la sociedad / 2. El Salvador: revuelta urbana y revolución nacional / 3. Guatemala: guerra sin estrategia y estrategia sin guerra

EPÍLOGO. EL ADIÓS, UNA NUEVA ÉPOCA PARA CENTROAMÉRICA

BIBLIOGRAFÍA

Preventa de “Revoluciones sin cambios revolucionarios. Ensayos sobre la crisis en Centroamérica” de Edelberto Torres-Rivas

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domingo, 6 de noviembre de 2011

Prefacio de “Revoluciones sin cambios revolucionarios. Ensayos sobre la crisis en Centroamérica” de Edelberto Torres-Rivas


Inicialmente este libro fue concebido como un proyecto so­bre el desarrollo integral de Centroamérica, es decir, los cambios económicos y políticos a partir de los años sesenta, que le diera continuidad a aquel ya viejo li­bro de nombre equívoco –Interpretación del desarrollo so­cial centroamericano–,[1] que termina justamente en esos años. El tiempo todo lo cambia porque el germen ini­cial del proyecto fue parte del compromiso académico asu­mido durante una estadía en el Rockefeller Center for Latin American Studies, Harvard, en el año 2001. Du­rante el tiempo transcurrido escribí varios trabajos en esa dirección, que fueron completando aquel pro­pósito nunca satisfecho. El proyecto cambió de rumbo en distintas estaciones de la vida. Ahora es un conjunto ar­ticulado de ensayos sobre la crisis política de los años setenta/ochenta del siglo pasado que condujo a in­tentos revolucionarios en Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

El interés por solo tres países de la región está así explicado. En consecuencia aquel ambicioso empeño tie­ne dos limitaciones: su mirada se redujo en el tiempo y en el espacio. No es una investigación en el sentido empírico de búsqueda personal de datos, sino ordena­ción e interpretación de relatos, cifras y datos que otros investigadores recogieron o produjeron.

Este trabajo es un ejercicio personal, de la cuarta edad, de reflexión sobre Centroamérica, una crónica de lo sucedido en esta región atormentada y dolorosa, lle­na de rebeldías y fracasos, con una historia empe­cinada por hacer menos injusta la sociedad. No lo he­mos logrado. También es una incursión para saber más sobre sus clases dominantes y sus expresiones de po­der. Largos años para entender y explicar el pro­longado drama, encontrar el sentido del terror y la muerte y el dolor de decenas de centenas de personas, don­de hubo familiares, amigos, desconocidos. El tor­bellino de la guerra civil ha herido a dos generaciones y deja una herencia de la que aún no somos conscientes pa­ra aprender y continuar. Y menos para librarnos, co­mo sociedad, de sus perversos efectos.

Con disculpas por las referencias personalizadas, só­lo quiero recordar que el primer libro que publiqué, arri­ba mencionado, fue escrito cuando la crisis y la vio­lencia revolucionarias estaban gestándose. Cuando creíamos en el socialismo, en clave cubana, con más fer­vor que certezas. Ahora se publica este trabajo, cua­tro décadas después, en que se ha vivido un te­rremoto histórico, teórico, personal: el socialismo se hun­dió en lo profundo por sus debilidades y virtudes; el marxismo debilitado en sus extraordinarios méritos teó­ricos busca sin encontrar aún las nuevas condiciones de su modernidad; la revolución centroamericana fue de­rrotada por su inherente imposibilidad histórica. De esa imposibilidad nunca percibida habla este traba­jo. La revolución en Centroamérica era necesaria con la misma fuerza por la cual era inviable. Así, fuimos do­blemente derrotados.

Por la fuerza de arraigadas convicciones ideológicas es difícil la actitud neutral frente a los hechos aquí es­tudiados. Las ciencias sociales exigen objetividad co­mo garantía de su capacidad explicativa; la verdad es una relación íntima entre el sujeto y la realidad, un pre­cipitado histórico que califica una relación de co­nocimiento y que produce una verdad personal. La con­clusión es que la verdad histórica que aquí se pre­senta, constituye una interpretación particular de da­tos, documentos, testimonios. Casi un libro sobre li­bros. No fui actor ni testigo, sino espectador activo pe­ro lejano, de ahí que mi empeño sea conocer, com­prender e interpretar.

Dicho más simplemente, entender lo que sucedió. Es­tá pendiente aún la obra que integre y resuma este pe­dazo difícil de nuestra historia; alguien que haga el amplio mural que recoja con trazos maestros la pin­tura de cómo la sociedad centroamericana se re­volvió para cambiar, ese esfuerzo de dolor y heroísmo que por momentos nos resulta inútil. Hasta ahora solo abun­damos los mediocres dibujantes, o pintores que a base de bocetos, diseños inacabados, trazos impreci­sos, mal uso de espacios y colores, nos hemos acercado al tema.

Lo que ha sucedido en Centroamérica es un desafío que excede en mucho lo que ha sido el común de la his­toria latinoamericana y que resulta difícil explicarlo pa­ra la teoría política. Por ello alguna vez me pregunté si hay ciencias sociales de la anormalidad; y refiriéndose a las originalidades de la historia de Paraguay, Delich afirma que ese país es o debería ser considerado como uno de los mejores cementerios en la región de teorías exis­tentes y simultáneamente como una rica veta de nue­vas proposiciones.[2] ¿Dónde hubo, como en El Sal­vador, una dictadura militar, o un régimen dinástico que como en Nicaragua se prolongó por casi medio si­glo? ¿Cómo entender un orden político que como en Guatemala pretendió ordenar la sociedad asesinando a más de cien mil ciudadanos en un lapso no mayor de dos años? No es fácil entender cómo en un pequeño país como El Salvador, de 34 mil kilómetros cuadrados, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln) pudo articular el ejército popular más grande ja­más habido en América Latina que no pudo ser de­rrotado por el ejército mejor armado por Estados Unidos, pero tampoco pudo ganar. Aún más difícil es entender cómo triunfó en Nicaragua el fsln, que un año antes de entrar con fervorosos cantos a Managua no tenía más de 300 militantes organizados.

En toda esta escritura, las simpatías son evidentes en tanto son inevitables, se filtran de manera casi in­consciente sin que por ello se olvide el compromiso de buscar la verdad sobre estas historias y decirla. Es di­fícil el deber ser objetivo en el tratamiento de epi­sodios próximos a la emoción. Somos conscientes del com­promiso de no confundir el análisis con la denuncia y en esta oportunidad, más próximos a Bobbio que a Weber comprendemos que la disyuntiva es un asunto de oportunidad, del momento en que se hace una u otra cosa. Vale decir, hay un tiempo para hacer las acu­saciones y las querellas y otro para ejercitar la re­flexión. En la visión posmoderna la epistemología de las ciencias sociales es light, lejana, y sentencia que só­lo las ciencias de la naturaleza están más cerca de la verdad objetiva.

Varias aclaraciones son oportunas: en los distintos mo­mentos de la redacción de este trabajo se tuvo la con­ciencia de que algo más había que decir, tal vez mar­ginal al texto por su valor aclaratorio, esclarecedor, ne­cesario como resultan ser a veces las notas al margen de la página. Son las reflexiones adicionales que apa­recen como excursus, y que pueden no leerse, que de­sestimarlas no influye en los argumentos centrales. Se tiene conciencia de que lo que allí se dice forma par­te de alguna argumentación; se decidió dejarlo a re­serva de las críticas que despierte.

Este estudio comprende los tres países de Centro­américa donde hubo guerra civil o conflicto armado: Ni­caragua, El Salvador y Guatemala. Existe la creencia en ciertos círculos académicos de que Centroamérica es una sociedad continua en el sentido que posee ras­gos o caracteres parecidos entre sí y por ello suscepti­bles de explicaciones comunes. ¿Es más fuerte la heterogeneidad que la atraviesa? El ecúmene es pare­cido y diverso. La pretensión no es buscar esa fidelidad sino los aspectos particulares en que esas sociedades son diferentes porque estas han resultado ser más im­portantes.

Más bien hay que distinguir la evidencia que las di­ferencias distinguen, las que aparecen grabadas en el largo plazo o en los borrosos acontecimientos de la coyuntura (¿historia y sociología?). Las que vienen de la observación directa, del presente vivo, y otras, de la observación indirecta del pasado (¿sociología e historia?). Se comparten en Centroamérica, sin duda, algunas experiencias históricas genéricas como la si­tuación colonial, el subdesarrollo económico y la con­dición dependiente reforzadas más que por la geografía, por la historia.

En este empeño analítico lo que más vale como fac­tor explicativo es el vaivén entre lo parecido y lo de­sigual, aplicando “el método de las diferencias”, y esa búsqueda para entender lo que en el velo de las apa­riencias parecieran ser causas similares y que pro­ducen a través del accionar de los actores, resultados opuestos. Hay una cuestión de circunstancias que a ve­ces confunde, y es que los procesos de crisis en los tres países mencionados fueron coetáneos, sincróni­cos y se desarrollaran en un escenario internacional co­mún calificado por la Guerra Fría, el anticomunismo y la política exterior de Estados Unidos.

Junto al interés por una visión de conjunto de la his­toria centroamericana para proponer síntesis expli­cativas, interesa también la comparación sistemática de su diversidad local, no tanto porque ocurrieron en un tiempo próximo sino porque las animaron intereses y propósitos parecidos y diferentes. El malestar colec­tivo surgió de múltiples causas, pero adoptó formatos que genéricamente llamamos procesos revoluciona­rios. Al comparar procesos de descomposición política, sa­bemos que se realizaron por factores locales diversos pero que condujeron a enfrentar enemigos parecidos y a establecer solidaridades fraternales entre los sectores do­minados. Es importante, de manera gradual, sacar con­clusiones genéricas, y parear experiencias comunes, ob­tener comprobaciones generales apoyadas en hechos particulares y ponerlo todo a prueba porque sirven para mejorar la comprensión del momento histórico.

Y ahora, unas palabras finales sobre la modalidad de este trabajo que reúne en formato de libro varios en­sayos temáticos ordenados por capítulos; se espera que los problemas guarden un orden integral, lo que no evita algunas repeticiones; en el esfuerzo interpreta­tivo resultaron inevitables algunas reiteraciones que pue­den llegar a ser imprudentes. Todo lo aquí escrito es de responsabilidad personal. El texto completo no ha sido leído por ningún colega amigo, pero muchos pun­tos difíciles, especialmente los más polémicos, han sido largamente discutidos por muchos y en mu­chas partes. En las Flacso, por ejemplo. Por ello, no son cuestiones originales sino problemas que las cien­cias sociales centroamericanas y la vida política ha venido planteando desde hace tiempo. Las interpreta­ciones personales tampoco buscan la originalidad aun­que estén planteadas, tal vez, provocadoramente. La idea central es de doble faz, la necesidad de la re­volución y la imposibilidad de realizarla.

De nuevo, y para terminar, si hay errores no son só­lo míos. Asumo la culpa como todos los autores sue­len decir tradicionalmente en el prólogo, pero tam­bién la comparto. Mi hijo Edelberto Torres Escobar me ha criticado y ayudado eficazmente en la etapa fi­nal. Numerosos amigos han discutido estos asuntos y a todos les estoy profundamente agradecido, pero son de alguna manera mis cómplices. Tampoco existe ins­titución alguna para agradecer por el tiempo, el apo­yo institucional o el financiamiento otorgados pa­ra preparar el libro. No tuve mecenas de ningún pe­laje. Lo hice trabajando sábados, domingos, feriados y vacaciones, siempre corriendo, fatigando mis ilusio­nes. Ahora lo publico convencido de que para algo puede servir.


Edelberto Torres-Rivas
Guatemala de la Asunción
Mes de marzo de 2011



[1]. Publicado primero en Chile con el título de Centroamérica: pro­cesos y estructuras de una sociedad dependiente (1970); con modi­ficaciones sustantivas fue publicado en Costa Rica (1973) con el título de Interpretación del desarrollo social centroamericano.

[2]. Francisco Delich (2007: 109) indica que la frase es de Kalman Silvert.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Buenas costumbres, Oswaldo Hernández



La intimidad no puede ser obscena. No. No puede serlo. Debe ser críptica. Algo así como un código de conducta del que nadie pueda saber de su existencia. De lo contrario la estructura, la subsistencia, las palpitaciones, el sudor de manos, todo, se volvería angustiosamente insoportable. Y por ello lo íntimo es un resguardo que puede convertirse en costumbre. Vamos, quizá se trate  del único lugar en el mundo en el que se pueda admitir que no se está para nada a gusto y aun así seguir con ello, en silencio, no estoicos pero sí conformes.
Nos educan para acostumbrarnos. Para ser a lo mejor buenos.
Y por lo regular la tarea de lograr este artificio se hace desde un lugar más bien oscuro, lúgubre. Qué nadie se atreva a levantar el interruptor de las luces en lo subrepticio. Que nadie enfoque más allá de las fachadas. Que no se atreva nadie a llegar al interior.
Denise Phé-Funchal, por eso, se ha pasado un poco la raya. Se ha saltado ciertas seguridades, algunas barreras, manipulado los candados. Denise, hay que decirlo, ha visto la vida familiar. Y lo ha hecho desde el interior.
Si la familia es la base de la sociedad, la familia es un error.
Papá y mamá son esos seres extraños, demasiado codificados, que asechan con sus diálogos internos. Mamá y papá, en cada cuento íntimo de Denise, suelen cumplir la función más exacta de su significación: son contexto, circunstancia. Asfixian. Y desde luego sus consejos, sus conductas, sus apoplejías mentales son sugestivamente imitables. ¿Qué papá, qué mamá, qué familia no proyecta todas sus frustraciones, sueños y bancarrotas en cada uno de los elementos que la conforma? El sistema se afecta por cada una de sus variables. Variables que actúan conforme a sus anhelos, a sus actos sumisos, perplejidades y recuerdos.
Papá quiere verse en el reflejo de su hijo. Mamá quiere imaginarse así también. Y por ello quieren esculpir y pulir tanto hasta transformar a los niños en espejos un poco deformados.
Los niños se coleccionan, se compran, se amoldan, se distribuyen. Y los seres se construyen. Lo dice Denis: “Construir un ser es una tarea inmensa, es pensar en las posibilidades, en las combinaciones que darán vida y argumento a su pequeño cuerpo de calcio y ácido esteárico, es pensar en su voz y en los motivos de su alma. El alma está compuesta de uñas”.
Quizá por eso la vida se llena de reclamos y peticiones y, en este libro, de fragmentos y seres seriados, con alguna que otra porción de alma.
Denise tiene un talento para crear ausencias, también fantasmas y misterios. De eso se constituyen sus personajes. Y en ello radica su credibilidad.
Lo que cargan en el interior contrasta con la urbanidad. Con toda la realidad. Salen, buscan existir en alguna calle, logran acaso interactuar, llegar si mucho al patio de la casa, sobrevivir la cotidianidad, pero lo que realmente llevan a cuestas en cada instante, muy conscientes, sobre su cuerpo y también su pensamiento, es el peso que los remite a un hogar, a un sentido de conflicto y pertenencia: los hermanos que ya no están y que hay que reemplazar a toda costa, mamá  llorando en una esquina de la casa sin consuelo, las manos de papá cargadas de caricias debajo de los vientres. Los golpes, las cucarachas, los correctos modos de actuar. Las exigencias habituales de la sociedad, ya saben, sonreír, criar niños para tener donde depositar todo lo adverso que hemos tenido que arrastrar, proyectarse, pensar en que los matrimonios pueden ser felices.
Pensar en que algo así es posible.
Y entonces, regresar a casa. Repetir cada cosa a diario. Tener itinerarios. Distribuir las actividades. Tener intimidad y hacerla habitual. Una costumbre, una buena costumbre hasta que ésta misma consista, finalmente, en encontrar nuestros nombres resaltados en las páginas de los obituarios. Así.