domingo, 29 de enero de 2012

Viaje hacia la noche (fragmento), Marco Antonio Flores



El pasado está ligado a uno por la nostalgia. Quien no tiene nostalgia no redescubre su pasado. A lo su­mo tiene destellos de recuerdos que no le produ­cen ningún remordimiento o emoción. Es como si pa­saran por su cabeza ráfagas de un tiempo conoci­do pero inatrapable. La nostalgia afinca en el pasado, ha­ce volver a él, revivir lo que la vida ha dado en su transcurso. Es entonces que se comienza a reme­morar, a hacer los recuentos, a recrear y desmenuzar co­mo con bisturí ciertos detalles que han quedado co­mo modélicos en nuestra experiencia. La memoria es el cuenco de la vida, las manos calurosas que la alientan cuando ésta empieza a marcharse. Y su mejor nido es el amor no las ideas. Las ideas confor­man a las sociedades pero lo que finca al hombre en la vida, a ese hombre individual, intrascendente y anónimo, es el amor.
A mis cuatro años creí amar a dos personas. No sé si entonces sabía amar o simplemente los cuerpos y las voces de aquellas dos mujeres me servían para des­pertar en mí algo desconocido que me producía nerviosismo, descontrol y un calor físico que me causaba satisfacción y bienestar. Aquellas dos mu­jeres fueron mi tía más joven y mi primera maestra. A mi madre no sentía amarla. Era como si ella estu­viera ahí por una imposición de la vida y que por lo tanto me fuera necesaria para vivir, y que su obli­gación fuera darme todo lo que yo necesitaba para exis­tir. Era algo instintivo, animal, intransferible. Mi ma­dre era como mi aire para respirar, pero no podía sen­tir por ella lo que sentía por mi tía.
A mi tía la observaba, la taladraba con una mira­da oblicua que ocultaba desde entonces sin saber por qué. Le buscaba los senos que me atraían, los te­nía rotundos. Buscaba encontrar sus grandes ojos con los míos. Ella no parecía que reparara en mi exis­tir. Buscaba estar atrás para contemplarle las her­mosas nalgas sin saber por qué. Era morena, con el pelo rizado y tenía para entonces diecisiete años y asistía al colegio. Como vivíamos muy lejos del cen­tro de la ciudad era la primera que se levantaba a bañar. Así que escogí una mañana particularmente os­cura y fría y cuando oí que entró al baño salí su­brepticiamente de mi cuarto, vigilando que mi madre no estuviera levantada aún: el caserón aquel, que había mandado a construir mi abuela era encallejo­nado. A los costados de un largo pasillo estaban las ha­bitaciones y enfrente un inmenso baño con una enor­me artesa. Esperé oír el sonido de la regadera y, silenciosamente accioné la chapa y entreabrí la puerta un tantito, solo para que pudiera entrar mi mi­rada. Estaba de frente a mí, en medio de la bañera, to­talmente desnuda. Su cabeza y su rostro totalmente en­jabonados, así que no podía abrir los ojos. El estu­por me paralizó; sus muslos eran redondos y carno­sos, sus pechos ornados por dos pezones erectos y du­ros, y en medio de las dos piernas una grupa ve­lluda, inmensa y negra. Sentí que un calor me subía del bajo vientre y un intenso deseo de acariciar aquella grupa y besarla. No sé cuánto tiempo duró aquella contemplación y aquel calor que me llenó el cuerpo completamente. Cuando vine a sentir esta­ba metido, arropado, en mi cama, temblando y llo­rando, pero de felicidad.
Aquel amor me duró hasta los doce o trece años. Pa­ra entonces vivíamos en otro palacete construido por mi abuela. En el segundo nivel había sólo tres dor­mitorios, un balcón que daba a la calle y un pequeño cuarto que servía de estudio. Los dormito­rios los ocupábamos mi abuela, mi tía y yo. Es decir, la nobleza de la familia. Cuando yo estaba solo en aquellos dominios iba al cuarto de mi tía y esculcaba su ropa. Cuando encontraba sus calzones me los pe­gaba a la nariz y los olía con fruición, luego me mas­turbaba con ellos. Sin embargo, para entonces, ya no la amaba, sólo la deseaba intensamente. Pero ade­más, me había convertido en su chaperón. Mi abuela había dispuesto que a sus veintiséis años había que mantener sobre ella una vigilancia extre­ma, así que cuando conseguía salir con un mucha­cho yo tenía que actuar como el perro policía y trans­mitir el informe al volver. Así que mi vida se trans­formó en la de un rascabuchador, como dicen los cubanos, o un voyeur, como dicen los franceses.
Para entonces yo había pasado por la etapa de la masturbación y había ido donde las putas a mi iniciación sexual. A los once años un grupo de faci­nerosos de una pandilla callejera, a la que yo per­tenecía, me habían enseñado los movimientos que uno debería hacer sobre la mujer. Luego, sin decirme agua va, me llevaron a la línea del ferrocarril, que era la zona más reconocida de prostitutas, y me en­camaron con la Ángela, que era la desvirgadora por an­tonomasia de niños púberes y babosos como yo. Luego agarré aviada y me iba solo a aquel sitio. A la Ángela le encantaba encamarse con aquel vicioso púber.
Así que cuando me tocó ser el cuije de mi tía, ya nada me impresionaba. Íbamos con sus novios a un lugar en el que había piscina y estaba distan­­te del centro de la ciudad. El Molino se llamaba. Era una zona arbolada y llena de colinas y, en el centro, abajo, un par de grandes albercas. Como nun­ca aprendí a nadar me la pasaba en el restauran­te co­miendo golosinas. Los novios de mi tía eran esplén­didos y yo me aprovechaba. Ellos se metían en las zo­nas boscosas. Cuando calculaba que la función ha­bía comenzado, me iba siguiendo la ruta por la que los había visto perderse. Me gozaba toda la fun­ción. Cuando se preparaban para regresar corría al res­taurante. En la noche, al volver a la casa, en cuya puerta, invariablemente estaba parada mi abuela esperando furiosa y dispuesta a los vergazos, yo ya iba aleccionado y comprado. Mi abuela nunca supo nada.
Mi otro amor, a los cuatro años, fue mi primera maestra. Ella era diferente, delgadita, con el pelo la­cio, los labios delgados y las nalgas paches. No sé por qué la amaba. No me producía ningún calor en el bajo vientre. No me atraían sus chiches ni sus nalgas. Me atraía su voz y lo que decía. Cómo hil­vanaba las palabras. Su voz era cálida y cariñosa. Sus gestos suaves y cadenciosos. Me obsesionaba lo que decía y cómo lo decía. Y las fotografías que nos mos­traba y explicaba. Tampoco me enseñó a leer. Cuando llegué al kindergarten, porque mi madre te­nía que deshacerse de mí y no podía dejarme solo en aquel inmenso caserón a cuyo alrededor había bos­ques en los que me perdía diariamente, yo ya sabía leer.
No sé en qué momento y por qué, comencé a leer a los cuatro años. No recuerdo método ni casti­gos ni exigencias a la que todos los niños se ven pre­sionados por los padres para que aprendan algo. Mi madre no se preocupaba por esos detalles. Ella se pasaba todo el tiempo pendiente del supuesto re­greso de mi padre, que nos abandonó. Por esa ra­zón mi abuela nos había recogido e internado en aquel caserón distante de la ciudad. Era como una prisión. Aquel hombre nunca regresó. Volvió esporá­dicamente para embarazarla un par de veces más, y desapareció tan fugazmente como había llegado. Fue ella la que me enseñó, sin quererlo, como puede ser de fuerte, de intenso, de sacrificado, el amor; lo amó toda su vida. No le importó su abandono, ni su de­sentenderse de nuestra existencia, ni su egoísmo ni sus desprecios. Lo amó hasta su muerte, cuando lo asesinaron muchos años después. Ella, para en­tonces tenía 55 años y peinaba canas. Sin embargo, cuando llevaron el cadáver acribillado de aquel hom­bre egoísta, criminal, mujeriego y desobligado al cementerio, encerrado en una caja, ninguna de las mujeres con las que tuvo 20 hijos llegó. Sólo mi madre, quien, cuando la caja quedó encerrada detrás de las paredes del nicho de ladrillo, se quitó la man­tilla con la que iba a la iglesia, suspiró y atinó a decir: “al fin descansé”. No era él el que había des­cansado, era ella la que al fin se desembarazaba de aquel amor que cargó y le pesó durante toda su vida.
Así que la obsesión que me ligaba amorosamen­te a mi maestra era las palabras y las imágenes. Ambas me habrían de acompañar toda la vida. Y es que con las palabras conocemos el mundo que habi­tamos. Son el sustento de nuestro conocimiento. Con ellas podemos decir y saber lo que significan el odio y el amor. Y no es que yo a los cuatro años me hu­biera prendado de las palabras por esto; a esa edad no sabía aún darle nombre a los sentimientos que me afloraban descontrolados. Pero por alguna secre­ta intuición sabía que con ellas podía explicar todos esos sentimientos que me llenaban y a los que no podía, aún, darles nombre, ni contenido ni signifi­cado.
La imagen del cuerpo desnudo de mi tía me acompañó muchos años. El cuerpo de la prostituta a mis once años, nunca lo vi; sólo se levantaba la fal­da, se echaba en el camastrón y me ordenaba ac­cionar. Pero un par de años después me enfrenté al deterioro de un cuerpo femenino. Sucedió que en el segundo nivel donde había tres dormitorios habi­tados por mi tía, su madre y yo, su nieto, me tocó el que estaba vecino al de mi abuela. La puerta de mi habitación estaba condenada con llave, así que pa­ra salir tenía que pasar por las demás habitaciones y cruzar por la de mi tía. Nunca supe por qué. Allá lejos recuerdo que aducían medidas de seguridad. Así que por las noches yo era prácticamente un pri­sionero y para satisfacer una necesidad debía pasar por todos los cuartos. Me contenía y trataba de aguantarme hasta la mañana. Pero esas retenciones me quitaban el sueño. Así que cuando mi abuela se dis­ponía a prepararse para dormir, ya muy noche, yo estaba despierto. La puerta entre su dormitorio y el mío la dejaba entreabierta. Me volteaba hacia el rin­cón para que la luz de su cuarto no me molestara. Pero un día volteé hacia la luz que pasaba por la abertura y, como cosa extraña, el espejo de su ar­mario estaba en una posición que me permitía obser­var sus movimientos. Y aquí nace una duda que se ha mantenido viva durante más de cincuenta años. ¿Sabía ella esto? ¿Lo hacía a propósito? ¿Por qué, qué pretendía? ¿Excitarme? Aún ahora no lo sé, y tampo­co me atrevo a especular más a fondo. A pesar de que ella era una hombreriega y para entonces tenía cin­cuenta y cuatro años y no tenía hombre. Su histo­ria sentimental era de atropellos, pero cometidos por ella. El padre de sus primeros hijos, mi abuelo, fue un mexicano medio atravesado al que le gustaba la tim­ba, la cantina y el lenocinio, y que un buen día, sin desearlo ni esperarlo, se vio con todo y tepalcates en las cuatro esquinas de la calle porque mi abuela (que se había conseguido otro) lo mandó, en medio de una golpiza, a la mierda. Luego le dio casa y co­mida y cama al siguiente, padre de mi tía, la más jo­ven, que resultó ser un bandolero y que a cada pen­­dencia sacaba el cuchillo amenazante. La doña se aguantó tantito, pero cuando descubrió que el de­­lincuente le robaba no pudo más y contrató un par de matones que dejaron al padrote hecho un santocristo y no tuvo más que olvidarse de la buena vi­da. Para entonces mi abuela sólo tenía una casa que había pagado por abonos y que, en una ocasión, había tenido que devolver porque los cacos la asalta­ron y le robaron los ahorros que tenía para el pago de su casa. Pero como era una mujer de un carácter in­domeñable, juntó y juntó dinero y la recuperó. Pero para aquellos años vino la guerra mundial, la de Hitler, y ella se aconchabó con los judíos que le da­ban telas para vender. Se repasó un par y entró de lleno al negocio del contrabando. Aquellos seño­res judíos que tenían grandes almacenes estaban de lleno en el negocio del contrabando. Incluso contra­bandeaban productos alemanes, nazis, pues, mien­tras a sus contlaplaches les partían la madre en Eu­ropa ellos se enriquecían con los productos de la in­dustria nazi. Mi abuela era la encargada de vender mucha de aquella mercadería. Recuerdo que al fon­do de la casa quedaba la bodega, y en una ocasión ésta se llenó hasta el techo de trastos de peltre ale­mán. De ella se podía esperar cualquier cosa. Así que a la noche siguiente me puse avispado para ver cuál era el resultado del espejo y la puerta entre­abierta. La sorpresa fue mayúscula. De pronto vi aparecer a mi abuela en el espejo y muy distendida, como quien no quiere la cosa, se comenzó a desnu­dar. Inmediatamente se me paró. La ceremonia no era fácil. Se quitó el vestido, luego la combinación y quedó en armadura: se gastaba una faja con balle­nas de hierro que comenzaba debajo de las chiches las que le levantaba, y terminaba casi tapándole el sexo. Aquel cuerpo era falso, estaba encorsetado por una coraza que era para engañar babosos. No atina­ba a imaginar cómo se había colocado tal aparato. So­bre todo cuando comenzó a quitárselo. Con difi­cultad desató el nudo a su espalda y fue desanudan­do las correas. Cuando terminó respiró aliviada, aventó por allá su cárcel diaria y se vino el derrum­be: las chiches, que ya no protegía el brasier que se ha­bía quitado de antemano, se le vinieron hasta el om­bligo. Luego el desencanto total: el vientre y las lonjas de la cintura ya libres de la tortura buscaron su camino natural. Por la fuerza de la gravedad se de­rrumbaron. Al unísono mi verga se tornó flácida. To­da una tragedia griega. Cerré los ojos y me volteé ha­cia la pared jurando que jamás volvería a meter mi mirada por aquella puerta entreabierta. A raíz de aquella aventura, desde entonces, cada vez que miro una gorda el pene se me hace un colocho.

jueves, 12 de enero de 2012

¿Vamos por un país de lectores?

         Desde su primera edición la Feria Internacional del Libro en Guatemala tuvo como lema “Vamos por un país de lectores”. Sin ser muy original, es un lema común a diversas ferias en otros países, sí lograba reflejar lo que podría ser una meta común para todos los que de una u otra forma se relacionan con el libro. Autores, editores, libreros, bibliotecarios y lectores soñamos con hacer de Guatemala un país de lectores. Seguramente por ello es que, a pesar de que muy lentamente, el lema empezó a ser expresado por personas distintas a los organizadores.

         En el Siglo21 del lunes 9 de enero, la próxima ministra de Educación, Cinthya del Águila, expresa que una de sus prioriades será la promoción de la lectura y las bibliotecas. Dice: “Queremos hacer de Guatemala un país de lectores, que gocen, que sueñen con la lectura.” Ello sucede al inicio del año en que los organizadores de Filgua parece ser que se aburrieron de ir por un país de lectores y ahora tienen una meta mucho más corta, el oxlajuj b’aqtun, diciembre del 2012. ¿Será que realmente creen que se terminará el mundo en diciembre de 2012 y no vale la pena tener objetivos de más largo plazo?

         Al margen de cuáles sean las miras de los organizadores de Filgua hay que señalar que resulta sumamente estimulante que una ministra de Educación le dé importancia a la lectura la importancia. Ojalá y pueda visualizar que la Feria Internacional del Libro en Guatemala puede ser un valioso instrumento para hacer de este país un país de lectores y se convierta en la aliada de la Feria dentro del gobierno; sobre todo cuando todo parece indicar que el ministro de Cultura no tiene ninguna intención de ir por ese camino.

         Durante los cuatro años del denostado gobierno de Álvaro Colom Caballeros por primera vez la Feria del Libro tuvo apoyo gubernamental. Y ese apoyo, es necesario decirlo, no se debió a los ministros de Cultura ni de Educación, sino al secretario de Comunicación Social de la Presidencia, Ronaldo Robles. Ojalá su sucesora siga dando ese apoyo y entonces la Feria del Libro cuente con dos apoyos.

         Además de la Feria del Libro, la nueva ministra de Educación deberá tomar en cuenta que el desarrollo de la lectura y de bibliotecas escolares requiere de transparencia en las adquisiciones de libros por parte del gobierno. La cual debe empezar a partir de la selección de los títulos que se van a adquirir. De nada sirve que hagan licitaciones públicas de libros que se han seleccionado debajo de la mesa a partir de los contactos que algunos editores han cultivado en niveles medios del Mineduc.

         Además de ello deberá tomar en cuenta que en Guatemala hay una rica y variada producción editorial, que en los últimos años, además, ha mejorado sustancialmente en terminos de calidad material de los libros que se producen. No es posible que las grandes compras de libros se realicen a casas editoriales españolas, colombianas y mexicanas. La lectura es un medio de transmisión de valores y construcción de identidad. De ahí que en sus adquisiciones de libros el Ministerio de Educación debería priorizar la literatura guatemalteca.

         Ojalá las declaraciones de la futura ministra sean mucho más que simples declaraciones y que los organizadores de Filgua puedan presentarle una propuesta coherente para lograr su apoyo para la Feria.

También sería  muy grato que en los próximos cuatro años Filgua sea inaugurada por el presidente de la República; es una manera simbólica de decirle al país que la lectura importa.

        
Raúl Figueroa Sarti

lunes, 9 de enero de 2012

Un concurso viciado: el de cartel de Filgua 2012


El 3 de enero Siglo21 publicó una nota en la cual informa sobre el lema de Filgua 2012 y también sobre el concurso de cartel convocado por la Gremial de Editores de la Cámara de Industria de Guatemala. Dice la nota de Siglo21 “...los ganadores del primer lugar son los trabajos de Otto René Saravia Mejía y Elder Estuardo Diéguez, mientras que el cartel elaborado por Marcelo Ardón Bolaños, quien obtuvo mención honorífica,  será el que promocionará el evento,  pues, de acuerdo con el jurado, fue el que más se acercó al concepto de Filgua 2012.”

El que se premie parcialmente a dos afiches, pero el premio principal, que es la difusión del afiche, se le otorgue a un tercero no deja de ser algo insólito. Los dos diseñadores que recibieron el primer lugar en cierto modo fueron presionados a aceptar la decisión del jurado o quedar fuera de concurso. Cuanto a ellos se les informo de este raro fallo no se les dijo que sus afiches no se acercaban al “concepto de Filgua 2012”; la explicación fue ésta: “... El Jurado Calificador,  definió efectuar un cartel con otras especificaciones para promocionar la feria, entre otras razones, porque hubo un empate en el resultado de la calificación más alta.” ¿Qué pasaría si en un concurso de belleza gana una señorita, pero quien se va a representar al país es otra porque es la que más se acerca al “concepto” del concurso?

Luego de que se conoció la nota de prensa y de algunos cuestionamientos a dicha decisión en Facebook, la Gremial de Editores optó por quitar de su página de Internet las imágenes de los afiches ganadores y las menciones honoríficas.

Es necesario anotar que el jurado calificador, miembros de la Junta Directiva de la Gremial de Editores, cometieron diversas violaciones a las bases de dicho concurso:

a)                Compartir el premio. Las bases señalan claramente que el primer premio es único, dieron dos.
b)                El mismo artículo indica que el premio consiste en Q5000 quetzales y la “impresión del cartel”. No pueden no imprimir los carteles que resultaron ganadores.
c)                Violan sus propias bases al aceptar, e incluso premiar doblemente, a un concursante que participó con dos propuestas, cuando las bases indican claramente que cada concursante solo podrá participar con una propuesta. (El autor del cartel que según la nota de prensa será usado para difundir la feria obtuvo mención honorífica con otro cartel). No solo no debieron premiarlo, sino que su obligación era descalificarlo.
d)                A pesar de que las bases establecen que se darán dos menciones honoríficas dieron cuatro.

En conclusión: los trabajos presentados eran de tan alta calidad que el jurado tuvo que dividir el premio entre dos de ellos y además dar cuatro menciones honoríficas en lugar de las dos establecidas por las bases del concurso; pero a pesar de ello no eran lo suficientemente buenos para promocionar la feria, por lo que el jurado se vio en la necesidad de decidir que para ello se usaría un afiche que no es tan bueno como los anteriores, pero que se acerca más al “concepto de Filgua 2012”.

La Junta Directiva de la Gremial de Editores debe aceptar que se equivocó en sus decisiones relacionadas con el concurso de cartel para Filgua 2012 y rectificar su decisión: para la promoción de Filgua deberá usar los dos carteles a los que les dio el primer lugar.

Y para el futuro: las bases deberán indicar claramente que no pueden participar en el concurso empleados de la Gremial, ni sus familiares, ni familiares de los miembros de la Junta Directiva. Sería muy bueno, por otra parte, que en la próxima feria se deje de contratar a familiares de funcionarios y directivos. Eso se llama nepotismo.

Raúl Figueroa Sarti, enero de 2012

miércoles, 4 de enero de 2012

CON FRANCISCO PÉREZ DE ANTÓN, LA NOCHE DEL VIERNES 25 DE NOVIEMBRE DEL 2011, CUANDO ACEPTÓ EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA “MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS”, JL Perdomo Orellana

“Encomio” es una de esas inocentes palabras en idioma español que nacieron culpables y se quedaron circulando bajo sospecha el resto de sus días.
“Encomio” es una palabra que en sí misma trae la autozancandilla de sinónimos y voces afines como “lisonja / zalamería / coba / requiebro / embeleco / carantoña / pelotilla / camelo / bombo / ditirambo / adulación”.
“Encomio”, peor aún, suena también a “reconcomio”, que equivale a “recelo / sospecha / prurito”…
Hoy no estamos aquí para encomios, ni mucho menos para reconcomios.
Tratándose de Francisco Pérez de Antón, hoy sólo podemos estar como estamos aquí: para elogiar y para enaltecer su vida y su obra desde todas las esquinas opuestas radicalmente a los recelos que infestan los saldos de la patria.
Aunque… tampoco… Ni así las cuentas cuadran.
¿Cómo y cuánto enaltecer a Francisco Pérez de Antón, si es su compañía de más de medio siglo la que continúa enalteciendo los 108 mil kilómetros cuadrados en los que estamos?
¿Cómo y cuánto elogiarle, si es él quien nos elogia con su cercanía sin callejones y con la atención que sigue dándonos?
A Mario Payeras, por ejemplo, en Veinte plumas y un pincel, le dice: “intelectual revolucionario, poeta, narrador, dueño de una prosa de primer orden”.
De Enrique Gómez Carrillo, asevera: “superdotado prosista guatemalteco de vida romántica y viajera que ocupa un lugar privilegiado entre los grandes de nuestra lengua”.
A Siang Aguado de Seidner, le dice: “mujer renacentista, persona de múltiples intereses intelectuales y estéticos, una de las grandes humanistas del país, el Renacimiento es su filosofía y su cultura”.
De Méndez Vides, asegura que “uno desearía contar historias como él las cuenta, con esa fluidez de manantial y esa desenvoltura…”
De María del Rosario Molina, establece: “ilustre Diana cazadora… benefactora de la lengua española… dignísima heredera de una heroica estirpe de académicos y escritores… Su arte es decir las cosas con arte. Y con muchísima gracia”.
De Amable Sánchez, indica: “cordial, purísima, canora, como el agua de su pozo, así es su enorme poesía”.
De Roberto González Goyri, añade: “es acaso uno de los artistas más completos que haya dado Guatemala en su historia. Artífice que a cada paso que daba, conseguía superar las cimas de su capacidad creadora, un gran artista, un gran hombre”.
A Rogelio Salazar de León le dijo “lector y escritor inteligente y culto”.
Y de Gerardo Guinea Diez nos dijo que “pertenece a esa clase de narradores que se deleitan haciendo que el lector se muerda las uñas”, además de ser “un sesudo investigador del sentido oculto de las cosas, de los enigmas de la vida y de las creencias”.
¿Cómo elogiar a alguien como Francisco Pérez de Antón, que nos ha enaltecido de tal manera?
Quizá recordando a Gurdjieff para quien era claro que “Sólo puede ser llamado notable el hombre que se distingue de los que lo rodean por los recursos de su espíritu y porque sabe contener las manifestaciones provenientes de su naturaleza, mostrándose al mismo tiempo justo e indulgente hacia las debilidades de los demás”.
Quizá pensando, cada vez que lo veamos pasar: “Ahí viene Francisco Pérez de Antón… a su paso debería sonar siempre no la Fanfarria para un hombre común de Emerson, Like & Palmer, sino la Fanfarria para un hombre notable, compuesta por el maestro guatemalteco Joaquín Orellana o por la muchachada canadiense de Arcade Fire o por el maestro zaragozano Enrique Bunbury y sus Héroes del Silencio, para nada santos ni mucho menos inocentes.
“Por vía de mientras” (como sigue diciendo el candor de nuestros campesinos) mejor trasladémonos a la sencillez de las pláticas directas y concluyamos:

MARÍA CONSUELO GUTIÉRREZ DE PÉREZ DE ANTÓN:
una de las mayores obras maestras a la que usted ha contribuido con su mirada y sus huellas digitales es la multicitada presencia guatemalteca de Francisco Pérez de Antón. Lo sabemos y se lo agradecemos.
El lugar común sigue desgastándose al indicar que detrás de todo gran hombre  hay una gran mujer.
Tratándose de usted hay que agregar de inmediato que a la par de un gran hombre como Francisco Pérez de Antón, ha habido una gran esposa, una gran mujer como usted, María Consuelo Gutiérrez de Pérez de Antón… aunque algunas amigas suyas nos dijeron la vez pasada que en realidad usted no ha estado a la par de él, sino que muchas veces ha ido adelante.
Sólo faltaría agregar que, tratándose de un poeta y por añadidura de un humanista, contamos con la autorización de León Felipe para decir con él, con Joan Manuel Serrat y con ustedes, estirando un poco una de sus líneas y quitando otras:

VENCIDOS
Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar…
Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te he visto pasar…
y cuántas veces te grito: “Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar…
Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo
y llévame a ser contigo (…)”

Cuántas veces, Francisco Pérez de Antón, por esta infinita llanura de fintas, requiebros y culpas, a Don Quijote hemos visto pasar, seguir de largo, pero usted se ha quedado para decirnos desde el centro de Hombre adentro:
“No hay día que no me hagan sentir culpable de alguna cosa. De comer mucho helado o de comer poco apio. De no ahorrar o de ser tacaño. De consumir en exceso o de no gastar en absoluto. De no tomar nunca el sol o de pasarme de tueste. De no contribuir a la conservación del mangle, usar demasiado papel o no gustarme el queso de cabra. Hace años que no fumo, pero no importa. Después de lo que me costó dejar el hábito, resulta que también hice mal en adquirirlo. Si no soy transgresor, soy cómplice. Y si no, presunto implicado. ¿Hay algo que el hombre común haga o deje de hacer hoy día que no esté mediatizado, fiscalizado o afeado por todo un ejército de improvisados jueces, organizaciones regañonas y grupos de presión con malas pulgas? El hombre contemporáneo es más libre y extravertido que ayer, pero también está sometido a toda suerte de torturadores que le acosan por deudas no contraídas y de las que nunca había sido consciente… Todos somos reos de algo. O todos responsables de todo. ¿Hay una hambruna en Ruanda? A ti se debe. ¿Los huracanes son hoy más numerosos? Tú tienes la culpa. ¿Tienes éxito en la vida? Alguien te hará sentir mal por ello. ¿No tienes éxito en la vida? Debería darte vergüenza”.
Cuántas veces, Francisco Pérez de Antón, por esta infinita llanura de silencio, en horas de desaliento, a Don Quijote hemos visto seguir de largo, pero usted se ha quedado para indicarnos desde su Memorial de cocinas y batallas:
“El exceso de discreción o de modestia es a veces tan malo como el exceso de vanidad, pues el que calla otorga. Y si lo que se calla es una mentira que otros pretenden utilizar para hacer daño moral o material a otras personas, la discreción y la modestia no sólo se vuelven cómplices del que miente, sino, además, vergüenza de quien otorga.
“Aquél que más grita y más ensucia, y dice tener pruebas fehacientes, aquél que más escándalos provoca y más hace enrojecer de vergüenza a quienes sabemos que miente, aquél, en fin, que más apela a su honradez y a la justicia, ése es el impostor.
“Quien dice la verdad, en cambio, se ve forzado a recurrir a la ley, que es lenta y no siempre reivindica, y a esperar a que el tiempo le acabe redimiendo de la maledicencia.
“Sólo los hechos y la reiterada repetición de la verdad devuelven a ésta su ropaje.”
Cuántas veces, Francisco Pérez de Antón, por esta infinita llanura ardiendo en taimados inciensos a Don Quijote hemos visto seguir de largo, pero usted se ha quedado para advertirnos desde El gato en la sacristía:
“Si los obispos hubieran aplicado ayer siquiera una parte de la doctrina que hoy predican, y hubieran llevado a la práctica siglos atrás las propuestas que impulsan en éste, el mundo sería otro, no hay duda. Pero lo cierto es que la institución que hoy proclama la pobreza como virtud esencial del cristiano incurrió durante milenio y medio en una monstruosa acaparación de riqueza. Y ninguna manipulación de la historia ni ningún rasgamiento de vestiduras pueden ocultar ese sol con un dedo. Ahí está, por ejemplo, el testimonio visible de las aldeas y los pueblos de América y Europa. La mayoría de ellos no puede mostrar un edificio civil histórico digno de tal nombre, pero sí un templo descomunal que sobresale por encima de las humildes viviendas”.
Cuántas veces, Francisco Pérez de Antón, por esta infinita llanura que la mayor parte del tiempo suena a llaves trucadas predispuestas para el despojo, Don Quijote ha seguido de largo pero uno de los protagonistas de Los hijos del incienso y de la pólvora no se ha movido y sigue diciéndonos: “La historia no es una, sino muchas. Cada cual tiene una versión de lo acaecido, sea del tiempo pasado o del presente. Y todos aspiran a que se crea la suya y nada más que la suya. Para conseguirlo, tachan, borran, alteran, distorsionan, destruyen. Imagino que sabéis lo que es un palimpsesto, ¿sí?, uno de esos documentos en los que se raspa el texto anterior para escribir otro encima. Mientras el papel aguante, claro, y el pasado se olvide. La verdad histórica es siempre eso, hijo mío, un documento raspado y alterado”.
Cuántas veces, Francisco Pérez de Antón, por esta infinita llanura donde una vez hubo una patria o quizá ni siquiera una vez la hubo, a Don Quijote hemos visto pasar de largo, pero uno de los protagonistas de El sueño de los justos ha ido y ha vuelto para emplazarnos:
“Sacrificarse por los demás no causa dolor, sino júbilo… La mayor virtud del que salva no es pensar en sí mismo, sino en aquellos a quienes desea hacer felices. El pesar de los sueños no realizados, no es el peor de los pesares; lo es el de las cosas que no hicimos o el de las injusticias que se cometieron ante nuestros ojos sin haber hecho nada por evitarlas.
“…de la libertad, como del amor, rara vez se alcanza todo lo que se espera… No obstante, el amor verdadero, el que es zarza y a un tiempo espiga, deja siempre una huella imborrable. A veces una cicatriz, para qué engañarnos. Pero aun lacerado y vencido, el buen amor vuelve siempre, como la lluvia y los sueños de junio, para cercarnos con su nostalgia y herirnos con su dulzura.”
El amor, otra vez el amor, Francisco, el amor verdadero, para seguir usando o ya de plano saqueando sus palabras.
Como decíamos antes los de antes, gracias de todo corazón a María Consuelo Gutiérrez de Pérez de Antón, porque cuando Francisco tuvo insomnio le propició el reposo del guerrero, un sueño benefactor y la orquestación de libros vivos. (Si para Juan Gabriel Vásquez “Nostromo es la mejor novela sobre Latinoamérica jamás escrita fuera de la lengua española”, para nosotros, hasta el momento, las mejores novelas adentro del idioma español sobre esta región maravillosa y despiadada donde nos tocó nacer siguen saliendo de las recias huellas digitales de Francisco, La guerra de los capinegros incluida junto a las que vienen en camino).

Gracias de todo corazón al Tío Manuel, con quien Pérez de Antón aprendió a leer.

Gracias de todo corazón a Soto de Caso, Oviedo, España, porque como todas las Ítacas le dio lo que pudo y si no pudo darle más la culpa tampoco fue de ninguno de los dos.

Gracias de todo corazón a Jesús Chico García, en Artemis Edinter, por haber sido el primer editor de Francisco Pérez de Antón en Guatemala.

Gracias de todo corazón a María del Carmen Deola de Girón, quien desde los sellos Alfaguara, Aguilar y Taurus continúa editando espléndidamente su obra siempre renovada.

Gracias de todo corazón a Raúl Figueroa Sarti, quien en F&G editores está por incluir una añeja obra suya.

Gracias de todo corazón a Gerardo Guinea Diez, por las batallas que libraron juntos en Crónica.

Gracias a cada una y a cada uno de ustedes, por estar aquí desafiando a esos batallones de sombras ominosas que en todo el mundo no encontraron mejor refugio que la zona 1.

Y gracias, por supuesto, perennes gracias a Francisco Pérez de Antón sin cuya presencia no estaríamos hoy aquí.

Los parisinos pueden preciarse de que deambulan por donde caminó Voltaire y caminó Montaigne.
Los suizos tienen el dato exacto de las gradas que subió y bajó Elias Canetti.
Los londinenses pueden preciarse de que ese río es el mismo que vieron Saki, Oscar Wilde, Connolly y Chesterton.
A los estadounidenses les sobran los motivos porque por ahí pasaron Mark Twain, Hemingway y H.L. Mencken.
Los noruegos saben que en esa esquina de Oslo vio hacia la derecha Knut Hamsun.
Los vieneses saben que en ese café leía los periódicos Thomas Bernhard.
Los alemanes saben que por ese puente cruzó Heinrich Böll.
Los españoles han determinado con precisión que en ese cielo alguna vez se posó la mirada de Cervantes.
Los argentinos tienen la certeza de que allá se sentó Borges, escoltado por Bioy Casares… pero todo en tiempo pasado, como platicábamos ayer con el también maestro de maestros Felipe Valenzuela. 
En tiempo presente, en tiempo real, ahorita mismo, en este preciso instante, los guatemaltecos podemos preciarnos de que Francisco Pérez de Antón está entre nosotros, sigue entre nosotros, es entre nosotros.
En este único sentido, nada tenemos que envidiarle a nadie ni a ningún otro lugar.

Gracias de nuevo, Paco, caríssimo Paco, ¡muchísimas gracias de todo corazón! 
JL PERDOMO ORELLANA  

martes, 13 de diciembre de 2011

Denise Phe-Funchal, la condiscípula más actualizada de Saki (JL Perdomo Orellana)



Para nadie es un secreto que si de hacer equilibrios perfectos en el vértigo de las curvas de Saki se trata, que si de volver a ver desde la mirada de Jane Austen es el asunto, que si de ubicar los espacios que Louise May Alcott delineó entre los  árboles se trata, que si de percibir el peso de los ritmos interiores va el asunto, muy bien podría postergarse la relectura de las páginas antologables de ellas y de él… para renovar la capacidad de sorprenderse en el azogue de las propuestas literarias justicieras de Denise Phé-Funchal, a quien por supuesto la crítica de libros al uso aún no coloca en la misma ventana que abrieron Alcott, Austen y sobre todo Saki, pero ya lo hará, sí que lo hará, sin que Denise tenga la menor necesidad de acudir al recurso del agente literario ni a las ofertas de fin de año ni a ningún tipo de secretos extemporáneos.
A su escritura los remito.
A Las flores, su primera novela, por ejemplo, o a Buenas costumbres, su primer libro de ¿cuentos?, su primer libro de piezas maestras para ser exactos, obras sinuosas como un alargado vaso de Absolut cayéndosele de las manos a Truman Capote mientras mira caminar a Marilyn Monroe por un muelle a esa hora insondable en que la noche ha llegado o ha llegado el amanecer, da lo mismo.
En la escritura de Denise alguien grita milagro y se deslava la conciencia,
en espacios sin ángeles ni cielos sólo existe el regreso infinito,
la única libertad es alejarse unas ruedas de mamá,
alguien te dice al oído acá no,
debajo de la nostalgia hay temor,
ayer es siempre tu cumpleaños,
la noche desborda las ventanas,
¿qué están haciendo ahí unos pescadores calificados de asesinos de angustias?,
un nuevo colibrí cuelga en el centro,
la saliva tiene colores,
ya encontrarás el cebo perfecto,
increíble pero cierto: la guía telefónica te sonríe aunque Dorothy Parker jamás te lo creería,
en palabras no pronunciadas el ansia es rígida,
la eternidad de los insectos se hace la loca,
entre cortes y recortes una flor quiere salir sin tu permiso,
la belleza debe ser moldeada por un jardinero o si dios con d baja nos bendice las semillas crecerán para ser jardineros,
hay voces deshidratadas entre el polvo sublevado,
en sábados eternos te conviertes en la compañera perfecta,
la representación aún no termina,
no hay que dudar de las buenas voluntades mucho menos de las buenas costumbres, que para eso están: para volver a los acantilados sin dejar huella, para reconfirmar que debes ser bella y arrancarte los vellos de la discordia pues la mirada del revendedor de carne mustia está a punto de sondear tu falda y qué tal si también te sondea la bragueta,
igual que a Fernando Pessoa más te vale confiar en la matemática de los helados,
¿a poco no te habías dado cuenta de que el alma está compuesta de uñas?,
mejor guarda tus recuerdos en una caja de galletas sin fecha de caducidad, cúbrelos con recortes de periódico o dibujos o calcomanías, sobre todo con manías, la madre de familia, el padre de familia diciendo acá no, el tiro en la sien,
bienvenidos al museo de las buenas costumbres, que para eso están las costumbres, los museos y quienes los visitan.
En pocas palabras y sin ningún secreto de por medio, bastará decir su insondable nombre para recordarle al mundo que la sutileza aún existe, que la condiscípula (no la discípula) más actualizada de Saki se llama Denise y que sus musicalidades suenan a Nathalie Merchant y Amy Winehouse, a Adele y Annie Lennox.
A su escritura los remito.
                                               JL Perdomo Orellana





miércoles, 7 de diciembre de 2011

Sam Colop, por Raúl Figueroa Sarti


 Como no suelo llevar agenda no recuerdo cuándo fue que José Luis Perdomo me comentó que Sam Colop quería conversar conmigo en torno a la edición de el Popol Wuj, cuya primera edición fue publicada por Editorial Cholsamaj. Luis Enrique estaba insatisfecho con dicha edición y deseaba realizar otra de mejor calidad.
Desde hacía varios años, luego de leer La edición sin editores (André Schifrin), soñaba con hacer en F&G Editores un colección que recogiera la bibliografía guatemalteca indispensable para “entender Guatemala y a los guatemaltecos”, algo así como la American Library de Estados Unidos. Lo natural en una colección así es que empezara con el Popol Wuj; sin embargo. Así que la posibilidad de publicar la versión de Sam Colop era una oportunidad que no se podía echar en saco roto.
Con Luis Enrique empezamos a trabajar la edición en enero del 2010. Fueron múltiples revisiones las que con él y Perdomo realizamos de la primera edición. Por sugerencia de Perdomo, con lo cual Luis Enrique estuvo totalmente de acuerdo, decidimos que las 411 notas explicativas se colocarían al final del libro, con el objetivo de hacer más fluida la lectura del texto.
Luego de más de un año de estar revisando concluimos la edición en marzo del 2011 y los primeros ejemplares salieron de imprenta en el mes de abril. El último mensaje de Luis Enrique con correcciones es del 29 de marzo de 2011.
Durante todo el proceso de edición apenas sí tuvimos ocasión de conversar de otros asuntos que no fueran el Popol Wuj. Sin embargo por invitación de la Universidad Mariano Gálvez de Quetzaltenango el 26 de mayo de 2011 realizamos una presentación en la sede de dicha universidad. A pesar de que su estado de salud se veía bastante deteriorado Luis Enrique hizo el viaje y dictó una conferencia sobre el significado del Popol Wuj y su trabajo de traducción, ante una sala llena de estudiantes universitarios que evidentemente no comprendían de qué estaba hablando Luis Enrique.
El viaje de regreso a Guatemala fue una verdadera delicia. En todo el trayecto Luis Enrique me contó sobre su niñez en Cantel, las noches que siendo niño cuidaba la milpa, sus estudios en el Instituto Santiago, su ingreso a la Universidad Rafael Landívar y sus estadías en Estados Unidos trabajando en la traducción del Popol Wuj. Semanas después le tocaba viajar a Estados Unidos, Filadelfia, adonde iría a revisar documentos relacionados con su nuevo proyecto de traducción de crónicas indígenas. Y a su regreso iríamos a Aguacatán, Huehuetenango, en donde le ofrecerían un homenaje.
Finalmente no me fue posible acompañarlo a Aguacatán, viaje que realizó solo. Con lo cual me perdí la oportunidad de volver a conversar con él.
El lunes 18 de julio, Sam Colop estaría en la Feria del Libro en Guatemala conversando con José Luis Perdomo sobre su versión del Popol Wuj. Lo que sería un taller con maestros sobre el libro finalmente se convirtió en un homenaje a este hombre sabio, quien falleció a la temprana edad de 55 años el 15 de julio de 2011.

A su regreso de Aguacatán me mandó el siguiente mensaje: “Raúl: Lástima que no pudiste acompañarme para Aguacatán; fue hitazo total. Me pasé toda la mañana hablando y contestando preguntas de los estudiantes de la escuela bilingue Maya-Aguateco (todo lo contrario de los universitarios de UMAG en Xela hace una 20 día que, por lo visto, ni idea tenía de lo que estaba hablando). Me fui y regresé en Halcones hasta Huehue y de allí me fueron a traer y llevar de regreso a Huehue. Ayer por la tarde me llavaron a conocer el nacimiento del río San Juan. Los 10 ejemplares del libro que me llevé no bastaron (la próxima semana que vaya a la capirucha te paso dejando la plata y tal vez podamos hacer algunas cuentas como hablamos cuando fuimos a Xela). Mi sorpresa fue que durante el homenaje: diploma, un chalequito y un pequeño estipendio que los estudiantes habían reunido en actividades previas para este evento fue escuchar una canción que compusieron y dedicada a un tal "Sam Colop" (no lo tenían grabado pero lo van a hacer y me van a enviar copia en un CD. Al regreso en la camioneta venía pensando en lo ocurrido y de pronto me acordé de Monteforte Toledo que una vez escribio o dijo -ya no me acuerdo- que los reconocimientos y homenajes son de mal aguero. Saludos.”

¡Gracias querido Luis Enrique!

El próximo domingo 11 de diciembre, cuando Luis Enrique, cumpliría 56 años, se inaugurará en la casa de su padre un “Comelibros”. Comparto con ustedes la invitación de la familia:
“Por este medio queremos compartirle el día domingo 11 de diciembre, en el marco del cumpleaños, 56 ab’ de Sam Colop, se inaugurará, en la casa paterna, ubicada en aldea Xecám, municipio de Cantel, Quetzaltenango, un espacio físico para que la niñez, juventud y comunitarios, puedan interactuar con los documentos escritos por Sam Colop, específicamente con el Popol Wuj, tanto versión Poética K’iche’ como la versión en Español y notas de Sam Colop y de igual forma con el Popol Wuj Versión Infantil, del mismo autor.
     En ese espacio se compartirán cuentos, leyendas y libros de la cultura maya de autores guatemaltecos y extranjeros, cuyo objetivo, es la entrega  del legado de Sam Colop a su comunidad de origen. Es deseo de la familia que la población meta mencionada (en el documento de presentación del proyecto), tenga oportunidad de hacer un reencuentro con el contenido y el lenguaje del Popol Wuj, a través de la lectura creativa, en un espacio interactivo, de modo que se  propicie el amor, la lealtad y la identificación con las raíces ancestrales mayas.
     A partir de este espacio físico y espiritualmente apto se estaría incentivando la reconstrucción de la historia local, la recopilación de cuentos, leyendas y mitos de la comunidad. Dicho proyecto, se denominará “UCHA’XIK SAM COLOP”.”


martes, 6 de diciembre de 2011

Sam Colop, prodigioso hacedor de la palabra, por José Luis Perdomo Orellana



De un diamante sólo pueden y deben decirse refulgencias.
Y refulgencias son las que han dicho acerca de la versión que Luis Enrique Sam Colop nos dejó del Popol Wuj.
Para el novelista guatemalteco/español Francisco Pérez de Antón, por ejemplo, fue “un privilegio presentar esta nueva edición del Popol Wuj, la obra más sustantiva y trascendental de la literatura precolombina en el continente americano. Y el motivo se debe a que no estamos ante una traducción más, sino acaso ante la definitiva, merced al extraordinario trabajo de un lingüista con el talento, el saber y la dedicación del doctor Luis Enrique Sam Colop”, quien “ha empleado 5 años de su vida en traducir con acuciosidad rayana en la obsesión esta joya de la literatura, la mitología y la historia prehispánicas. Y no lo ha hecho a partir de copias o textos de segunda mano, sino del original que se encuentra en la Newberry Library de Chicago.
“El doctor Sam Colop aventaja a los traductores anteriores en tener la lengua quiché por lengua materna, lleva más de 25 años dedicado al estudio de la poesía maya y, por si eso no fuera bastante, ha mantenido consultas permanentes con destacados especialistas de las culturas precolombinas de Guatemala.”
Para Irma Otzoy, la hoy viuda de Sam Colop, “El Popol Wuj es también único en su naturaleza, por cuanto congrega… la cosmogonía y arte escrito de la cosmovisión maya… Como mujer kaqchikel me siento honrada de comentar el Popol Wuj en esta traducción particular… Esta versión es célebre porque nos accede al Popol Wuj en forma clara y con lujo de recursos fundacionales. Es una versión que se vale de fuentes históricas, lingüísticas y antropológicas que deja poco espacio al acertijo o a las aproximaciones del traductor, o bien a elucubraciones esotéricas.
“Es una traducción que hace sentir el dinamismo del mundo indígena. La noción cíclica del tiempo maya no repite idénticamente cada ciclo, opera con modificación. El lenguaje poético de coplas, tripletes, cuartetos que afloran en todo el texto, invitan a profundizar sobre la historia de los pueblos indígenas y a querer experimentar el arte de la palabra maya en cada una de sus lenguas.”
Según la también doctora Irmalicia Velásquez Nimatuj, Sam Colop “demuestra que los k’iche’ contemporáneos no sólo son capaces de elaborar con calidad las más fieles traducciones de los textos de las madres y padres de la palabra, sino además se convierte en un traductor-develador que corrige colosales errores de las traducciones anteriores y con elegancia muestra al conocimiento universal la original mitología y la histórica poesía con que los tres maestros de la palabra venidos de la orilla del mar escribieron.”
Por lo que a mí respecta –que no soy ni pretendo ser novelista ni español ni guatemalteco ni maya ni caqchikel ni quiché ni doctor, pero eso sí, un lector con el supremo derecho de leer un libro desde la primera hasta la última línea o abandonarlo desde la primera, recomendarlo o descalificarlo por los siglos de los siglos--, sólo agregaré que durante 45 años jamás pude concluir la lectura de las traducciones del Popol Wuj anteriores a la de Luis Enrique, pero hoy, gracias a la excesiva siembra y escasa cosecha de él, gracias a su esfuerzo permanente por hacer de Guatemala un lugar menos bruto y mucho menos brutal, ya perdí la cuenta de las veces que he leído y releído su prodigiosa e irrepetible versión, una traducción que sólo pudo tener su origen en la sabiduría amorosa de un Maestro de la Palabra, en un Dador de la Palabra, en un Padre de la Palabra como él, como Luis Enrique Sam Colop, a quien Guatemala mató de tristeza y desolación hace cuatro meses y a quien, por supuesto, le hubiese encantado estar aquí para platicar con ustedes y beberse por lo menos una botella de tequila, y aquí está, en los vinos y en los tequilas que nos tomaremos por él, pero sobre todo está en las páginas memorablemente editadas, refulgentemente impresas por F&G editores, otro diamante que sólo pudo haber salido de las minas metafóricas de F&G editores, pues en sus sagrados talleres sólo están acostumbrados a pulir diamantes.
Ninguna biblioteca en el mundo estará completa a partir de hoy, si entre sus libros no aparecen los prodigios que Sam Colop distribuyó en esta su inolvidable y perenne versión del Popol Wuj. 
¡Salud, caríssimo Sam, menos mal que Guatemala, antes de aniquilarte, aún te dio tiempo de concluir tan noble trabajo!

JL PERDOMO ORELLANA